R.S.: Este año no nos renovaron nuestros contratos como asesores, ni a Alejandro Tantanián ni a mí. La medida tiene una justificación aparentemente económica, ya que Kive Staiff dijo estar muy conforme con nuestro desempeño. De ser así yo entiendo que no haya plata, pero como me parece muy importante que exista un comité asesor, ofrecí trabajar ad honorem. Todavía no recibí una respuesta.
P.: ¿Qué funciones cumple exactamente el comité asesor?
R.S.: Mi lugar como asesor era acercarle a un señor como Kive Staiff, que tiene determinada edad, determinados recorridos y determinados amigos, un panorama de lo que él no veía. Hay lugares y «sucuchos» donde él no se mete. Es muy difícil que Kive vaya a una función del Rojas de unos chicos que no conoce.Y yo por proximidad, por tener alum-nos o por lo que fuere, cubro fácilmente ese segmento. En el resto de la programación no me metía, a lo sumo podía discutir después sobre determinados criterios artísticos. Para mí el gran tema de la gestión cultural es ver qué es lo que uno favorece y promueve, porque «todo» es imposible.
P.: ¿Usted preferiría que el San Martín se transformara en un teatro de vanguardia?
R.S.: No. Es un error decir que el San Martín tiene que ser «solamente» un teatro de vanguardia. Lo que sí creo es que tiene que tener un criterio de idoneidad y de modernidad que muchas veces se pierde. Por ejemplo, un espectáculo como «Hombre y superhombre», que dirigió Norma Aleandro en la Sala Casacuberta, era para el Maipo. Está bien, fue un éxito increíble y cumplió, pero no había en él un concepto de modernidad, estaba ligado al viejo teatro. Sin embargo, yo creo que hay un espectador interesado y de nivel popular, que puede acceder a espectáculos de otra clase. Y lo demostré con «Galileo» que era una puesta culterana, que no hacía ningún tipo de concesión a lo popular y sin embargo llenó la Martín Coronado. Por eso digo que el público de Buenos Aires aprecia la modernidad. Sabemos que esa sala no trabaja para un público popular, pero si alguno quisiera hacer en el San Martín «El patio de la morocha» no hay ningún problema, pero que lo haga con un criterio de modernidad. Para lo otro está el Teatro Astros, que ya cumple con su función de ofrecer espectáculos para un público de tendencias atávicas, que busca lo viejo, lo conocido.
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