31 de mayo 2001 - 00:00

El tango ancló con más fuerza en París

Bailarines en el Trocadero.
Bailarines en el Trocadero.
(30/05/2001) París - El megafestival Buenos Aires Tango, que durante tres semanas ocupó dos de los auditorios más grandes de París (la Cité de la Musique, primero, y luego la sala Jean Vilar del Teatro Chaillot, en el Trocadero), se valió de la mejor de las coartadas para sus fines artísticos y políticos: el público francés descubrió una música y un cuerpo con el cual bailarla y sentirla.

Lo de «descubrimiento» no es una exageración. Pese a la autoengañosa mitología de que el tango le es tan familiar al Sena como al Río de la Plata, la mayor parte de la historia de la música de Buenos Aires, si se exceptúan los clásicos de rigor o algunos compositores modernos, sigue siendo un territorio inexplorado en París. En ese sentido, los sonidos de la «típica» no son menos exóticos, aquí, que los del Mississippi o el Amazonas. Para continuar con la metáfora fluvial, si nadie se baña dos veces en el mismo río, los parisienses, con el tango, sí.

En las bateas de la Fnac sonríen algunos CD de Gardel; Astor Piazzolla nunca dejó de sonar, aunque lo haga a través de mutaciones cada vez más ajenas (el Kronos Quartet, Gidon Kremer); y, finalmente, también prueban su suerte algunos pocos intérpretes audaces, para esos oyentes curiosos pero no mayoritarios que se ufanan del viejo lema «il n'y a de bon bec que de Paris» («el mejor gusto es el de París»). Pero tango, tango en toda su variedad, historia y estilos, no demasiado.

El propio Juan Cedrón lo lamentó en su momento: «Con 'Tango, une memoire de Buenos Aires', actuamos centenares de veces en provincias pero nunca en París. Acá esperan otra cosa». Lo que ellos esperan (los empresarios del show-biz, claro) es un espectáculo del lujo y la rentabilidad de «Tango Argentino». Es decir, la conformación con una imagen antes que una, o varias, revelaciones, como las que produjeron en estas tres semanas la Orquesta Escuela de Emilio Balcarce, Juan José Mosalini, Néstor Marconi o Adriana Varela.

Los síntomas del avance que el tango insinuó años atrás también languidecían: el legendario boliche «Les trottoirs de Buenos Aires» cerró hace mucho, la edición o importación de discos no supera la media habitual, los esfuerzos individuales, o los centros de difusión, son aislados y de alcance relativo.

El programa del oportuno Festival, de esa forma, se amoldó a ese vasto territorio, que se tradujo en la elección de un repertorio infrecuente (sobre todo, la música de los años '40 y '50, muy poco conocida), apoyado en una campaña publicitaria eficaz. Participaron el Estado francés a través del Teatro Chaillot, que dirige el arriesgado argentino Ariel Goldenberg (anteayer se publicó un diálogo con él en Charlas de Quincho), la Secretaría de Turismo y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Así el público francés, avisado del acontecimiento con la suficiente anticipación, se pagó veloces cursillos de baile para no quedar al margen de las milongas populares que se organizaron en varias oportunidades, y en cuyo transcurso se vieron escenas que
Ettore Scola no habría desdeñado para su película «El baile»: parisienses etiquetados de guapos, mireyas del Faubourg Saint Germain que morían por que algún compadrito las llamara «papusas», y hasta una pareja que ensayaba cortes y quebradas enfundada en túnicas marroquíes y que habrá acariciado, por tres minutos, el sueño del cachafaz.

Las actuaciones

Este diario asistió a la clausura del Festival, cuya temperatura habían caldeado tantas noches previas. Adriana Varela, la vamp, cerró sus presentaciones con un recital que llevó al público del Chaillot (1.500 butacas siempre llenas y sensación de estadio) a «sacarle viruta al piso» cuando vino el momento de reclamarle bises.

Con una figura más estilizada y provocativa, con su conocida voz aguardentosa y dos cambios de vestuario (el primero, un
noir fatal, y el segundo, un rojo imperio al que sus muchas contorsiones en escena contribuyeron a desgajar ligeramente), la «rockeuse du tango», como la bautizó un diario, abrió con «Anclao en París» y cerró, una hora y media más tarde, con «Malena» y algunas lágrimas (la yapa fue «Barrio de tango»).

En el medio, paseó por un repertorio que combinó, entre muchos otros, a
Cadícamo con Manzi y Jaime Roos, cuya composición «La canilla», de un erotismo verbal seguramente incomprensible para los franceses, logró transmitir, sin embargo, con la sola entonación.

El tango no sólo es un sentimiento triste.
Varela, que confesó en el escenario ser incapaz de dar un solo paso de baile (más tarde, en privado ante este diario, justificó con orgullo esa carencia: «Ningún cantante de tango que también lo sepa bailar puede ser una persona enteramente confiable»), disfrutó con el público no sólo cantando sino también comentando la historia de algunos de los tangos. En español, por supuesto: su show no habría admitido un cambio de clima tan fuerte como el de esforzarse a un francés de Alliance para las introducciones, y de inmediato el canyengue de la pasión para las interpretaciones. De su quinteto acompañante sobresalió el pianista Marcelo Macri.

La noche siguiente, también en el Chaillot, tuvo un espíritu distinto, aunque una calidad y una respuesta similares. El bandoneonista
Juan José Mosalini, un auténtico académico del tango (desde hace años preside la cátedra Edgar Varèse), presentó a su «Grand Orchestre du Tango», y valiéndose de explicaciones claras y didácticas (esta vez sí, en pertinente francés) introdujo el extraordinario repertorio en el que fluctuaron solistas, cantantes y hasta una pareja de bailarines. Pasaron «Taconeando», «Patio mío», «Romance de barrio», «Tres minutos con la realidad», «La transa», «Prepárense» y, desde luego, reclamados clásicos como «La cumparsita», «Volver» o «Sur». El regalo del final fue una interpretación de «Adiós Nonino» que conmovió a más de uno.

Los conciertos de
Mosalini preludiaron las dos milongas de cierre en el patio cubierto del Trocadero, cuyas escalinatas de arquitectura clásica estuvieron siempre ilustradas por afiches y letras de tango de la guardia vieja.

Allí, desafiando el escaso noctambulismo de las costumbres francesas, las parejas bailaban con la concentración de los profesionales y el sudor de los apasionados, sin hacer caso de la hora ni de la impaciencia de los porteros de noche. El tango seguía sonando, ahora desde grabaciones, y la escenografía parecía armada ex profeso: detrás de los amplios ventanales, la vecina Torre Eiffel, liberada de escaladores y mercachifles, era el único testigo.

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