El mejor momento del estupendo regreso de Iñaki Urlezaga
al Colón fue cuando bailó con Tamara Rojo el pas
deux del segundo acto de «Giselle».
Iñaki Urlezaga y Tamara Rojo. Ballet Concierto. Dir.: L. Giovine. Orq. Sinfónica. Nac. Dir.: L. Gorelik. «Giselle» (Acto II) y obras de Urlezaga, Della Monica, Petipa y Aráiz. (Teatro Colón 23/7.)
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Como lo hace habitualmente, el bailarín platense Iñaki Urlezaga -actualmente alejado del Royal Ballet de Londres donde fue principal dancer durante 11 años- presentó una gala coreográfica en el Colón. Lo hizo con la participación en carácter de primera bailarina invitada de la española Tamara Rojo (hoy también «principal» del Royal Ballet y flamante Premio Asturias a las Artes), del Ballet Concierto que dirige Lilián Giovine e integrantes de la Orquesta Sinfónica Nacional con la conducción de Luis Gorelik.
Probablemente no pueda hablarse de modernismo en la danza si no se vuelve reiteradamente a los grandes clásicos, y eso es lo que sucedió en el inicio de esta velada. Restaurando una pieza clásico-romántica como «Giselle», de Petipa-Coralli-Perrot-Adam, se sumergió al público en el mundo fascinante del ballet del siglo XIX. Resultó interesante la nueva puesta del Ballet Concierto de esta obra clásica con algunos leves aditamentos estéticamente enriquecedores y una espléndida escenografía de Nicolás Benois que pertenece al Colón.
A pesar de haber sufrido un desgarro durante el ensayo general del espectáculo, Iñaki Urlezaga exhibió un amplio dominio técnico, además de dotar de personalidad a su Albrecht. El pas de deux que centraliza el segundo acto (el único incluido en el programa) tuvo un brillante desarrollo con la actuación de una Tamara Rojo leve y de puras líneas académicas que se alió a la impresionante secuencia de «entrechats» del bailarín argentino. Luego fue Rojo quien asombró con sus treinta y dos «Fouettés» en la coda de «El cisne negro» (Petipa-Tchaikovsky), un pas de deux de bravura donde ambos lucieron sus aptitudes excepcionales. Un pequeño incidente con la orquesta que comenzó el número siguiente sin advertir que la pareja estaba todavía saludando no empañó el brillo que rodeó al fragmento.
Dos dúos y el sainete bailado de Oscar Araiz, «Apolo y sus tías» completaron la «Gala». No es común ver obras coreográficas que apelen al humor. Esta es una de ellas y fue trabajada por Aráiz con lenguaje mixto entre clásico y moderno. Una vez más Urlezaga demostró su sensibilidad en la composición de un Apolo acosado por un grupo de muchachas, a tono con la música zumbona de Jacques Offenbach.
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