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29 de abril 2004 - 00:00

"Elling...mi amigo y yo"

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Ellefsen, Nordin y Langhelle


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El punto de partida de esta ingeniosa, divertida película noruega que llegó a las puertas del Oscar, es el momento en el que Elling y Kjell abandonan la clínica psiquiátrica de provincia, donde fueron compañeros de cuarto por casi dos años. Ha llegado la hora de valerse por sus propios medios, aunque la transición es ilusoria; a falta de madre, el omnipresente Estado se hace cargo de la nueva residencia en la tierra de los hombres: el departamento donde vivirán, las costumbres que tendrán, las pautas a respetar; de lo contrario, los amenaza el asistente social, volverán a la clínica.

Y aquí se plantea el dilema acerca del llamado «Estado de bienestar» nórdico, y el punto de vista que tenga el espectador según el lugar en donde vea esta estupenda farsa. Observada desde algún otro país donde el enfermo psiquiátrico quede habitualmente relegado a la buena de Dios, y muchas veces en condiciones infrahumanas (lo que no implica, como es obvio, que ese mismo país que descuida a sus enfermos carezca de un Estado no menos fuerte, aunque peor), observada desde allí, entonces, la situación planteada en
Sin embargo, desde el interior de ese sistema sobre el que se monta el guión de esta farsa, la sensación es diferente y da lugar a que el protagonista alcance su mayor momento de felicidad cuando, en un bar de baja estofa, conozca y trabe relación con un pintoresco poeta:

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