Sin embargo, esa vieja y remanida frase pareciera ser la consigna que mantiene con fuerzas a la protagonista, mientras la vida entera se le viene abajo. Drama duro, despojado, sin golpes bajos, sobre una joven embarazada a quien los médicos le descubren un cáncer de pecho, la película no hace reír, precisamente. Lo bueno es que tampoco hace llorar con lágrima fácil. Pero emociona, y de qué modo.
La clave de la emoción está, precisamente, en el control de las emociones. Lo que no revienta en la pantalla, revienta en el pecho del espectador. Y está también en la afirmación de vida: lo que se describe es el proceso de lucha y probable recuperación de la enferma, que cambiará de médico con tal de tener a su hija, asumiendo luego otros sacrificios. Y está en la sinceridad de no darle al espectador más ilusiones ni consuelos de los que realmente pueda haber. La autora,
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