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5 de septiembre 2014 - 16:27

En primera persona: un Cerati en mi sofá

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"Si Soda Stereo no se convierte en el nuevo boom argentino, paso a retiro efectivo", dijo a principios de los años ochenta Rafael Abud, un bioquímico de profesión quien después de tanto escuchar música y de recorrer discográficas terminó por convertirse en periodista de rock primero y en el encargado de catálogo de BMG años más tarde. Además de eso, ese hombre era mi papá.

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Rafael fue el primero en apostar por tres chicos que querían romper con la antiestética pelilarga setentista para imponer una imagen muy New Wave, impulsada por bandas de afuera y tal vez por los conocimientos de publicidad que Gustavo Cerati y Zeta Bosio adquirieron en la carrera de Comunicación Social que ambos estudiaban. Eso, más un ritmo frenético que poco tenía que ver con la música vernácula de la época, hizo que los cánones de la prensa rockera local no se mostraran en un principio muy entusiastas y que la banda cosechara alguna que otra crítica negativa. Tal vez por eso, este trío que se completaba con Charly Alberti se hizo amigo de la casa.

Desde entonces y por algunos años, crecí con visitas que abarcaban mucho más que tías abuelas. Además de los Soda, venía también Federico Moura, de Virus, y conocimos a todos ellos porque en sus comienzos compartían representante, quien también era un amigo. Como durante los primeros años de mi vida formaban parte de mi cotidianeidad, fue junto a ellos que aprendí muchas cosas. Por ejemplo, una lección inicial del sentido figurado, cuando mi papá me explicó que la frase "el régimen se acabó" del tema "Dietético" no se refería a un domingo de asado y torta, sino a la llegada de la democracia. Fue esa canción la primera en Argentina en tener un videoclip al que miramos con entusiasmo en casa, junto a los rockstars, en el sofá.

Entre las visitas de estas dos bandas y algunas cuántas más también descubrí la diferencia entre estar enamorada a estar entusiasmada, y digo entusiasmada porque me cuesta creer que a los cinco años estuviera caliente. Me reconocía enamorada de o embelesada por Federico Moura, con su voz proyectada hacia el infinito, su porte especial y su encanto de otro planeta. Pero estaba "caliente" con Charly Alberti, a quien amparada por mi impunidad infantil (y eso sí que lo sabía) no dejaba de tocarle un lunar que tenía en su espalda. Tal vez por mis sentimientos, mi debilidad era con Virus. Pero veía en mi viejo esa inclinación por Soda, ese debut con un disco que para él sólo pronosticaba lo mejor.

Así, mi casa se convirtió en un lugar de conversaciones que entendía poco y en un set de grabación casero. No recuerdo si en esas filmaciones estuvo presente el recordado Alfredo Lois, quien fue el director de los videos de "Cuando pase el temblor" y "La ciudad de la furia", pero sé que venía a casa y lo llamábamos "Alfredito". Lo que sí tengo presente es que en un VHS perdido existió una filmación de "Trátame suavemente", con Gustavo haciendo playback y mi vieja atrás, hermosa, con una cara que parecía de enamoramiento, pero más bien era de cansancio, ya que las veladas solían extenderse hasta las primeras horas de la madrugada en los tiempos en los que yo comenzaba el jardín y ella debía prepararme.


• Videogames

Con el lanzamiento del álbum Nada personal también había llegado a casa la Commodore 64, con unos jueguitos rudimentarios que disfrutaba junto a mi hermana y estaban almacenados en varios disquetes. Pero una tarde domingo, fue Gustavo el que se animó a los videogames. Como mi casa de ese entonces tenía un ventanal, un grupo de chicas de un edificio que se encontraba enfrente (pero bastante lejano ya que lo separaba el pulmón de la manzana) pudieron reconocer por su peinado al ídolo, que buscaba dominar el joystick. Fue entonces que todas empezaron a gritar y a cantar el tema que le daba el nombre al segundo long play de Soda Stereo y cuando realmente noté todo lo grande que la banda iba a llegar a ser.

El éxito internacional ya era un hecho para la llegada de su tercer disco: Signos. Las visitas, aunque menos frecuentes, todavía seguían. Entre tardes de tés con limón con tres cucharaditas de azúcar para Gustavo (infusión que mi mamá preparaba y que la recuerda hasta el día de hoy por considerarla repugnante), llegaban sus confesiones: enamoramientos intensos y como el tema "Don't be cruel" de Elvis Presley sirvió de inspiración para la frase "No seas tan cruel" de "Prófugos".

Teníamos Signos en vinilo y en casete, por la fidelidad y la calidez del primero y por la posibilidad del segundo de ser trasladado y escuchado en un walkman. Así, durante el viaje hacia el Policlínico Bancario en el que papá trabajaba como bioquímico y al que yo lo acompañaba cuando necesitaba hacerme algún análisis, escuchaba el tema "Signos" una y otra vez hasta que me lo aprendí de memoria. Así me volví la gracia entre los compañeros de trabajo de Rafael, cuando con sólo siete años cantaba frases como "con los dientes rasgaré tus medias".

Fue una suerte que Rafael y Gustavo se conocieran cuando la banda ya estaba armada, porque uno de los trabajos de Cerati era vender reactivos químicos (tal vez por eso, en su canción "Crema de estrellas", se incluye la frase "el pH de tu saliva"). Por fortuna, no se encontraron en un vínculo comercial, algo que se hubiera convertido en el más aburrido de los capítulos de un volumen del Elige tu propia aventura. En su lugar, siguió la música; llegó Doble vida; se realizó el video de "La ciudad de la furia", tal vez el primero en blanco y negro con fines estéticos en el país y con una calidad muy superior a todo lo que se había visto antes; hubo visitas al living de Susana Giménez y más tardes las giras extensas, típicas de las bandas internacionales. Por el abanico de compromisos, una de las últimas visitas que recuerdo de los Soda fue tras el lanzamiento de Canción animal, un álbum que llegó en tiempos en los que la banda ya había dejado de ser un boom para pasar a ser aquella que caracterizó a toda una década.

La última vez que los vi fue en el teatro, en un concierto tras el lanzamiento del disco Sueño Stereo, al que fui junto a mi papá y mi hermana. Recuerdo la portada del álbum con cariño, ya que me parecían bellísimos esos bafles de alta fidelidad sobre el capitoné blanco. Los imaginaba ideales para escuchar temas embriagadores como "Efecto Doppler", pero también para sentir la potencia de los cortes de difusión como "Ella usó mi cabeza como un revolver". Tras un concierto fantástico, intentamos ver a los Soda en el camarín, pero ya los fans eran muchísimos, los filtros desconfiados y terminamos por irnos antes, con la creencia de que en algún momento nos volveríamos a ver.

• Despedida

Rafael falleció de manera sorpresiva una mañana de abril de 1996, tiempo en que yo cursaba quinto año y en el que él ya trabajaba a tiempo completo para BMG. El verano siguiente yo me había ido a mis primeras vacaciones con amigas a Villa Gesell y una de esas noches soñé con un momento perfecto junto a mi papá, en donde escuchábamos música con unos parlantes gigantes muy parecidos a los de Sueño Stereo. Durante los últimos años no nos llevábamos del todo bien, por eso ese momento era tan raro como hermoso, de una felicidad impenetrable. Hasta que en un momento mi papá se golpea la cabeza contra un casillero muy a lo "Beverly Hills 90210" y me confiesa que se va a morir. Es entonces que lo buscan dos mujeres ángeles, vestidas como paquitas de Xuxa. Mientras se lo llevaban, yo les gritaba que no era el momento todavía, que esperaran hasta abril. Al despertar, me di cuenta que tuve ese sueño en el día de su cumpleaños.

No fue hasta uno o dos años más tarde cuando me enteré por uno de los tantos amigos de mi papá que estaban re fuertes que el disco Confort y música para volar estaba dedicado a la memoria de Rafael Abud, ese hombre que además de ser tantas cosas, también era mi viejo.

• Al saber

Cuando se supo la noticia de la muerte de Cerati, quiso mi profesión que me encontrara cubriendo un congreso, lejos de un televisor. Sólo tenía el Twitter para acompañar un terrible nudo en la garganta que debía disimular. Y al grupo de Whatsapp en el que mi mamá y mis hermanas compartían la noticia. Todas postearon cosas hermosas en Facebook. Mi hermanita, que ya no es chica pero que siempre lo será para mi, fue la que menos vivió esa época, pero igual recordó a Gustavo y como mi viejo parecía tener ese sexto sentido para descubrir todo lo que tarde o temprano sería exitoso. Incluso esa noche soñó con Cerati, y lo interpretó como un mensaje. Mi hermana, que suele hacer posts graciosos o de viajes, hizo uno por Gustavo y se refirió a la tristeza especial que le generó la noticia. Mi mamá, que como toda madre en la red social solo tiene un muro con imágenes de luz y buenos deseos, recordó la infusión favorita, el fanatismo por The Police y los amores intensos de los que hablaba Gustavo. Por último, posteó "seguro que estarás con Rafael y con Federico". En un bar, tras una extensa jornada laboral, tuve que aguantar el llanto.

Ni bien supe la noticia, lo primero que pensé es que se había ido definitivamente una parte de mi infancia, cuando de tanto en tanto, tenía algún rockstar en el sofá. Pero tras leer el último comentario, pensé en que la niñez no se había ido del todo. Porque imagino al otro plano con un sofá mucho más cómodo, unos bafles de altísima fidelidad y una iluminación perfecta para garantizar el confort y la música para volar. Puede que eso sea una percepción infantil e inocente, pero prefiero verla así.

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