20 de junio 2007 - 00:00
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En su primera y autobiográfica novela, «Edén. Vida imaginada
», Rossi dedica buen espacio a las andanzas de su
héroe por la Argentina, donde vivió y, según dice, se «encandiló
con Borges a los 14 años».
A.R.: Mi experiencia es la de un muchacho, no de un hombre mayor que habla de los nazis y de las redes que salvaron a los nazis prófugos. Cuento que allí vivían los marineros del «Graf Spee» y, por ejemplo, el peluquero que me cortaba el pelo era uno de ellos. Pero las cuestiones políticas no eran para aquel muchacho el motivo dominante de su vida ni siquiera el secundario. Por otra parte todo eso de nazis en la Argentina es algo muy sabido, se ha escrito mucho ya. Yo recuerdo que la dueña de El Edén tenía en su oficina un telegrama donde Hitler la felicitaba por su cumpleaños, pero el hotel no era un coto cerrado, estaba abierto a todo el turismo.
P.: En su libro, Alex va de Italia a Venezuela, a Uruguay, pero se extiende al narrar sus andanzas en la Argentina.
A.R.: La Argentina es fundamental en mi vida. Hay mucha verdad en quienes dicen que uno pertenece a la ciudad donde pasó la adolescencia. Yo quedé encandilado por Borges cuando tenía 14 años. Di con su obra cuando aún no entendía muchas de las cosas que decía, y si bien era una lectura difícil, compleja, nunca abandoné. Borges es todo un universo literario, de citas, de autores. No sólo propone sus cuentos, sus poemas, sus ensayos sino una interpretación de la literatura y eso, para mí, es más importante que su literatura. No sólo está en sus escritos, en sus traducciones, en sus antologías, en sus comentarios, en las entrevistas, sino en la suma de todo eso, en el universo que conforma. Borges convirtió no digamos el plagio sino el palimpsesto en una escritura literaria.
P.: ¿Leyó el libro donde Bioy Casares registró 40 años de su amistad con Borges?
A.R.: Es un libro extraordinario. No todas las literaturas tienen una obra así. Acaso Bioy tenía en la cabeza a Samuel Johnson y Boswell al escribir.
Pero el reúne conversaciones de la más profunda intimidad. Son las charlas de dos amigos que hablan mal de todo el mundo, que hacen bromas que se encadenan subiendo cada vez más de tono. Dicen cosas atroces, cosas que ni Borges ni Bioy hubieran sostenido en público para poder vivir en sociedad. Creo que esas mil seiscientas páginas deberían llevar como subtítulo: Sálvese quien pueda. Borges dice cosas terribles sobre la política y los políticos. ¿Que reacción hubo? ¿Provocó escándalo?
P.: Que sepamos, no pasó nada.
A.R.: A mí me llamó la atención el silencio o las banalidades que se han dicho sobre el libro. Creo que es porque la gente no sabe qué decir de ese Borges. Elimina esa imagen de Buda tranquilo, de hombre pacífico, de enorme sabiduría, ajeno a todas las miserias del mundo. Todo lo contrario, fue un chismoso a morir que se mete en todo. Era lo que los ingleses llaman un « opinionated», alguien que siempre está haciendo juicios, lanzando ocurrencias sobre algo o alguien, que tiene la compulsión por el sarcasmo y se pierde por hacer un chiste sangriento.
P.: A pesar de todo eso lo considera la mayor influencia en su escritura...
A.R.: Sus enseñanzas fueron muchas. Borges es una suma de pequeños textos y casi todos circunstanciales, que nos dio una lección maravillosa: hay que dar la misma importancia y poner el mismo rigor al escribir una solapa o un breve prólogo que el cuento más ambicioso. Hizo el tránsito, la fusión de ensayo y narración. Sus cuentos ensayísticos y sus ensayos narrativos, que al comienzo no sabían cómo leerse, nos impusieron otra forma de leer. Por eso en tantos escritores, entre los que me cuento, se encuentran esos rasgos que hoy llamamos borgianos.
Entrevista de Máximo Soto




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