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24 de agosto 2007 - 00:00

Estupenda muestra de esculturas de Farco

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Uno de los «shelter», majestuosos mantos de culturas ancestrales de una muestra de Raúl Farco que conjuga la excelencia de realización y las ideas que surgen de cada una de las obras.
Raúl Farco ha llevado una vida nómade. Nacido en Corrientes en 1953, vivió en Rosario y, después, el itinerario de sus viajes y estadías en otros países y ciudades comprende Africa del Sur, Madrid, Lanzarote, Nueva York, Carrara, Barcelona, otra vez Madrid, otra vez Nueva York, México y finalmente Buenos Aires donde vive desde 2004.

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A partir de 1995 deja de exponer y se recluye en el trabajo de su estudio neoyorquino; es época de reflexión, de cuestionamiento acerca del mundo del arte, de que a pesar de ser convocado para exposiciones individuales y colectivas, de integrar importantes colecciones tanto privadas como de museos, consideró que no tenía interlocutores válidos.

Ahora definitivamente instalado en Buenos Aires, Farco confiesa su orgullo «por hacer algo en el lugar de pertenencia». Ese «algo» está en la Galería Mamam (Av. del Libertador 2475), y constituye una muestra en la que se conjugan tanto la excelencia de la realización como las ideas que surgen de cada una de las obras.

Una mirada abarcativa nos pone frente a lo monumental y lo grandioso, ya se trate de mármol, madera, ónix, aluminio y acero, hierro, cuero, corteza de árbol y fibra de vidrio, bronce, o la combinación entre ellos. El contemplador las toca, se enfrenta a la incertidumbre, cree que un material es lo que en realidad no es, de allí el desconcierto y también el deslumbramiento.

Tomemos las Cabezas, construidas y deconstruidas, máscaras, desdoblamientos, interiores tan elocuentes como los exteriores. Nada de vacíos «vacíos», la piedra trabajada, la madera quemada. Hay una cabeza gigantesca, corteza y madera quemada. La inscripción «Matamos» en un costado y, como lo señala en su texto el poeta y crítico norteamericano David Joel Schapiro, es un «j'áccuse en dinamismo escultural». Cuencas vacías, una lengua en rigor mortis, la parte posterior con cavidades que nos recuerda las negras maderas de Louise Nevelson.

Farco es capaz de despojar al ónix de su aura decorativa y transformarlo en refinadas cabezas cuyo corte esquemático las vuelve dramáticas.

Vale la pena destacar «Luvia», mármol negro de Orizaba, cuyo exterior Farco trabaja hasta lograr el máximo refinamiento pero cuyo corte también muestra, a través del debastar de la piedra, la devastación que se agita en el interior del ser. De algunas formas totémicas surgen ramas, la naturaleza está herida, bronce y aluminio, aluminio patinado ¿qué puede crecer?, ¿cómo se van a convertir en árboles frondosos?. Están los «shelter», mantos imperiales, majestuosos, de culturas ancestrales, protegen el cuerpo pero también lo aprisionan para siempre.

La contemplación de estas obras es una forma de creación en el sentido de que no se permanece pasivo ante ellas, se proyectan «estados internos», se fija la atención en una y otra parte, se le atribuyen significados y valores simbólicos, es una experiencia vital, saca lo mejor de uno mismo y genera un hecho fundamental que no se da comúnmente, querer volver a verlas. Clausura a fines de septiembre.

  • Graciela Cassel ha pasado por los talleres de Euardo Bendersky, Noé Nojechowicz, Aurelio Macci, Aníbal Carreño y otros destacados artistas argentinos. Su primera exposición la realizó en 1975 en Galería Lirolay que alentó a toda una generación de jóvenes, hoy, consagrados. Participó en salones y obtuvo diversos premios hasta 1991, año de su última muestra en el Centro Cultural Recoleta para inmediatamente radicarse en Nueva York donde vive desde entonces. Actualmente exhibe « Utopías» (técnicas mixtas) en el Centro Cultural Borges que en principio atraen por su cromatismo transparente y luminoso. Imágenes abiertas a la percepción de espacios ambiguos, en los que se repiten elementos como el caballo, un módulo en movimiento de simbología compleja que en algunos casos tiene un sentido cósmico, la escalera, muy frecuente en la iconografía pictórica y que según Mircea Eliade, uno de los más relevantes historiadores de las religiones del siglo XX, alude al paso de un mundo a otro y a la comunicación entre cielo, tierra e infierno.

    En este caso, Cassel lo propone como elemento arquitectural trunco, rematado por la aparición de hojas de la Naturaleza. una búsqueda , pasaje y misterio. La escalera se encuentra en una serie de cajas -de impecable realización- a las que las figuras humanas encerradas intentan asirse antes de su caída hacia la nada.

    Es interesante señalar que aunque Graciela Cassel vive en la turbulenta Nueva York, ha podido desarrollar una obra de carácter introspectivo, consecuente con la ambigüedad de una imagen fragmentada y atemporal como la que le conocíamos. Clausura el 9 de septiembre.
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