«El juego de la silla». Libro y Dir.: A. Katz. Int.: A. M. Castel, D. de Paula, A. Katz, L. Lifschitz, V. Moreno, N. Tacconi. Músicos: D. Levenson, H. Scotto. Mús. orig.: N. Villamil. Esc.: L. Longo y Vest.: Carlos di Pasquo. (Teatro del Pueblo.)
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Víctor es un arquitecto radicado hace varios años en Canadá y, en ocasión de una fugaz visita al país, por cuestiones laborales, decide pasar su único día libre con su madre y sus hermanos. La familia Lujine recibe al recién llegado en medio de un clima de gran euforia y excitación. Pasaron ocho años desde su partida y la ansiedad que provoca su breve reaparición hace que se reactiven todos los resortes de la vieja novela familiar.
Esta abarca un cúmulo de historias, secretos, demandas y resentimientos, de los cuales no se habla, pero siempre están presentes como mar de fondo. El regreso de Víctor descompensa el equilibrio familiar creado durante su ausencia. Además, su inminente partida amenaza con abrir viejas heridas y provocar una nueva sensación de pérdida.
En tren de disimular este estado de cosas, su madre y sus hermanos -con la colaboración de una antigua novia del protagonista-, se sumergen en una fiebre de hiperactividad y bochornosos planes de festejo que terminan por avergonzar al pobre Víctor. Este debe soportar un sinfín de serenatas y actividades lúdicas que no hacen más que provocar roces y alimentar una feroz competencia, tal como sucede en el juego de la silla que da título a la obra.
A partir de este original planteo, la autora y directora, Ana Katz, construyó un universo familiar con el cual resulta muy sencillo identificarse. La ilusión de estar asistiendo a un hecho real se repite varias veces a lo largo de la obra, con la ventaja de que el humor está siempre presente alivianando el patetismo de algunas situaciones o de ciertos personajes -como la madre- cuyas conductas provocan deliberadamente un incómodo sentimiento de vergüenza ajena.
Pese a estos logros, el ritmo de la puesta no siempre logra sostener el delirio sugerido por el guión. Hay escenas que no aportan nada nuevo -como, por ejemplo, la discusión entre Víctor y su ex novia o la danza que interpreta la madre en plena madrugada- y, con su ritmo moroso y planteo reiterativo, no hacen más que obstaculizar la dinámica de la obra, apoyada esencialmente en la acelerada sucesión de juegos.
La esmerada labor del elenco compensa estas fallas aportando frescura y credibilidad a sus interpretaciones, destacándose los trabajos de Diego de Paula (Víctor) y de Ana Katz, como la desopilante y aniñada Laura.
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