Las buenas actuaciones de todo el elenco y la vitalidad de los personajes logran disimular
el exceso de conflictos y ciertos residuos costumbristas de la puesta de «Flia».
«Flia» del grupo La Fronda. Colaboración dramatúrgica: M. Méndez. Dir.: A. Sánchez. Int.: R. Demarco, J. Mehrez, F. Migueles, P. Peimer, A. D'Agostino, G. Rodríguez y F. Sacchi. Esc. y Vest.: M. Hoijman. Dis. luces: E. Sirlin. (Teatro del Abasto.)
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Tema dominante en el teatro argentino de hoy -y con prestigiosos antecedentes en la obra de Florencio Sánchez, Gregorio de Laferrère, Roberto Cossa, Jacobo Langsner, entre muchos otros autores de prestigio- la familia sigue siendo destinataria de lo más duros cuestionamientos. Sólo que ahora, y a diferencia del modelo tradicional, ni siquiera presenta una estructura clara e identificable en cuanto a roles, funciones y objetivos. Los acelerados cambios sociales de las últimas décadas la han arrastrado a una incontrolable metamorfosis, y esto es precisamente lo que la hace más interesante como material dramático.
El modelo recreado por el grupo La Fronda (el mismo que hizo «Living, último paisaje», «A un beso de distancia» y «Ars higiénica» con dirección de Ciro Zorzoli) responde al estereotipo de «familia ensamblada», con un fuerte acento en el deterioro de los roles parentales. No sólo su distribución es muy difusa, sino que quienes los ejercen carecen de autoridad y convicción.
La obra se inicia con una imagen congelada, la típica foto familiar que intenta garantizar una integración que en realidad no existe, tal como se irá viendo en las escenas siguientes. ¿Qué es lo que mantiene unido a este grupo? La vieja casa familiar y el cuidado de dos niños, Laura y Fabián que son hijos de distinto padre y han quedado desvalidos tras la huida de su madre. En sus juegos tratarán de elaborar esa terrible ausencia dando vida a las mejores escenas de «Flia».
La abundancia de anécdotas y conflictos de todo tipo (muerte de los padres; triángulos amorosos dentro de la familia; ausencia de madre; proyectos económicos que fracasan, etcétera) hace que la acción pierda un poco su rumbo y no termine de desprenderse de ciertos residuos costumbristas ajenos al lenguaje de esta compañía. Aún así, la puesta de Ana Sánchez logra capturar la atención del público por la vitalidad de sus personajes y por el buen trabajo interpretativo de todo el elenco. Se destacan las composiciones de José Mehrez como el padre inseguro y monosilábico; Paola Peimer, la solterona con ínfulas profesorales y Germán Rodríguez como el niño algo descarriado que compite con su hermana.
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