El poeta Fernando Noy es un personaje casi atemporal del circuito cultural porteño. Vivió muy de cerca las experiencias psicodélicas del Instituto Di Tella, estuvo ligado al nacimiento del rock en los '70 y también formó parte de la movida teatral de los '80. Su lista de amigos y compañeros de ruta es interminable: desde Tanguito y Miguel Abuelo hasta Charly García y Fito Páez, pasando por Manuel Puig, Batato Barea (su libro recién editado «Te lo juro por Batato» brinda un cálido homenaje al recordado «clown travesti») y las poetas Alejandra Pizarnik y Olga Orozco. Aunque hasta ahora su experiencia actoral ha sido breve y episódica, Noy aceptó interpretar junto a María Urdapilleta y Eduardo Santoro al delirante trío de amigas de «La prudencia», comedia negra, escrita y dirigida por Claudio Gotbeter, que se representa todos los viernes a las 21 en el recién inaugurado Teatro Tuñón (Maipú 849). Mientras aguarda la publicación de su tercer libro de poesía, Noy comenzó a preparar sus memorias junto a la periodista María Moreno. Consciente del valor de sus recuerdos, explica: «Algunos amigos me dicen que soy una especie de Lucio V. Mansilla, porque de alguna manera mi historia personal se liga con la cultura del país». En su diálogo con este diario, Noy comenzó hablando de su rol de «Nina» para terminar ofreciendo un interesantísimo testimonio sobre la androginia. Periodista: ¿Cuál es el tema central de «La prudencia»? Fernando Noy: Son tres amigas que se reúnen a celebrar el año nuevo y en el descabellado intento de vencer el pánico ante la inseguridad reinante, buscarán justificar incluso lo injustificable. Yo leí la obra hace dos años atrás y hoy puedo constatar que fue profética. P.: ¿Cómo construyó la femineidad de su personaje?
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F.N.: Yo tengo un plus de androginia bastante reconocida. Algunos dicen: «¡Ah, claro hace de mujer!», pero para mí esta experiencia actoral no pasa por el travestismo, es una absoluta mutación en mujer. Mi piel es muy suave, sin vello, y cuando hay luna llena se me ponen las tetas así de grandes. Para mí es natural todo esto, porque soy un andró-gino puro. De niño, mi madre me hizo hacer un conteo genético que indicó un porcentaje femenino del 88 por ciento. Es decir que yo soy algo menos que una mujer, pero casi más que diez mujeres juntas [Se ríe]. Pero también me interesa hacer otro tipo de personajes. Quién te dice que alguna vez no haga de Lindor Covas, el cimarrón. P.: Usted vive su androginia como un don.
F.N.: Puede ser. Veinte años atrás, ser gay era muy peligroso y yo usaba pantalones rosados, labios rojos y cabellera hasta la cintura... ¡Iba preso cada cinco minutos!. Y sin embargo logré sobrevivir y reírme en la calle de mis propias ocurrencias, porque mi vida es puro devenir poético, una puesta en el mundo, que haga teatro es sólo un detalle. P.: El tema de la homosexualidad alcanzó una alta visibilidad mediática últimamente. ¿Lo considera un adelanto? F.N.: Para nada. Cuando lo candente se vuelve frivolidad y ortopedia verbal y motivo de reflexiones vacías, como escuché por ahí, de parte de unos cuantos gays que sólo por asumirse ya tienen un lugar, me parece que estamos ante una catástrofe. Yo formé parte del Frente de liberación homosexual cuando estaban Manuel Puig, Juan José Hernández, Juan José Sebreli y había venido de Cuba Severo Sarduy.
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