Los técnicos preparan «Turandot» en el escenario del Auditorio Nacional de México, DF. Se
calcula una asistencia de 7000 espectadores para esta noche.
México, DF - En sus casi 100 años de existencia, el Teatro Colón salió por primera vez de gira internacional con todo su elenco, incluido el escenotécnico, y con un espectáculo de dimensiones colosales, la ópera «Turandot» de Giacomo Puccini, en la versión vista el año pasado en el Luna Park, y que se presentará hoy en el Auditorio Nacional.
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Se percibe algo heroico en estas jornadas, algo que acompaña y a la vez trasciende el fantasioso relato que transcurre en Pekín en un tiempo indefinido. Si la historia de Turandot es fantástica y heroica, un valiente príncipe ignoto que conquista una sanguinaria princesa que manda decapitar a sus pretendientes, la repercusión de esta primera gira suscita parecidos fervores entre los argentinos.
Un abanico de posibilidades (giras, coproducciones, intercambios, programas educativos) se pueden abrir para el Colón si entabla una más activa relación con los teatros del mundo. Cantantes, músicos y escenógrafos, más de 200 artistas y técnicos, saben que esta noche en el bosque de Chapultepec se juega algo más que el prestigio lírico en México, y que la última ópera que compuso Puccini puede ser la primera de una escalada internacional de Argentina.
Así, en este escenario de alta visibilidad, el clima de efervescencia previo al estreno está cargado del extraño sentimiento que todos comparten cuando afirman -sin excepción-, que las horas que viven «pueden ser históricas», o que «ya son históricas».
Las negociaciones con la poderosa productora mexicana OCESA, la mayor de Latinoamérica, que contrató al Colón con todo su staff -salvo los solistas que firmaron un contrato especial-, fueron impulsadas por Marcelo Lombardero, director artístico del Teatro, junto con el representante español, José Velazco, y a ellos se sumaron dos mexicanos, el asesor artístico Gerardo Klainburg del Consejo Nacional de Cultura, y el presidente de Conaculta, Sergio Vela, amante de la ópera y patrocinador de la gestión.
Los solistas tienen relación estrecha con el Colón, como la soprano estadounidense Cynthia Makris, que protagonizó a la cruel Turandot en el Luna Park, y que mucho antes, a fines de los '90 llegó por primera vez a Buenos Aires para cantar el «Macbeth» de Verdi. El papel de Liu lo interpreta nuestra Paula Almerares, la soprano platense de fuerte presencia en los teatros del mundo.
En el Auditorio, a la hora del ensayo aporta algo más que su talento: una actuación disciplinada y serena que coincide con la del uruguayo Ariel Cazes (Timur). Sólo un mexicano integra este elenco, el tenor José Luis Duval, que cantó «La Traviata» poco tiempo atrás en el Coliseo. La dirección musical está a cargo del exigente Stefan Lano y la dirección de coros de Salvatore Caputo. El director de sonido, Gabriel Anecchina, es responsable de la compleja labor que requiere el lucimiento de las voces y la orquesta, en un espacio que si bien no ofrece tantas dificultades como el del Luna Park, tampoco posee la acústica de un teatro lírico.
Traslado
El 15 de junio, poco antes de cumplirse un año del inicio de las tratativas para montar « Turandot», partió del puerto de Buenos Aires un barco con las 20 toneladas que pesa la escenografía, rumbo a Veracruz. La imponente escenografía diseñada por Roberto Oswald se montó en un solo día bajo la supervisión de Marga Niec, que lo suplanta en esta ocasión y está a cargo de la régie, y el control del celoso director escenotécnico Rolandro Zandra.
Ambos se mueven en la ampulosa escenografía de Oswald y cuentan que debieron cercenar los brazos de los ídolos para que cupieran en los containers y que los volvieron a montar, para que custodiaran al emperador (Oscar Grassi). La experiencia del Luna Park le sirvió a Niec de base, pero la geografía del Auditorio le impone nuevos desafíos.
«El coro debió asumir un trabajo de actuación y encarnar el movimiento» -observa-. «El pueblo se compadece, pide sangre, y el coro debe expresar esos sentimientos. Neic cuenta que contrató 62 figurantes mexicanos y que durante una semana sin pausa ni respiro ensayaron lo que en Buenos Aires les llevó alrededor de un mes. La célebre escalinata de Turandot representa la escala social: arriba está el emperador y su hija ostentando el poder, debajo el pueblo», agrega Niec.
Dominando el escenario, está emplazado un inmenso círculo de plata que oficia de gong, pero bordeado de dragones, es además el símbolo de la muerte, y también representa la gigantesca luna que deberá resplandecer esta noche, en la escena nocturna, cuando se escuche la estremecedora «Nessun dorma». Ahora, sólo falta esperar que la neutra escenografía de tergopor adquiera, con la inflexión de las luces, el color verde irisado y el relumbrar del oro, que todos los protagonistas abandonen los jeans y las zapatillas de rigor para vestirse con los trajes de Aníbal Lápiz.
En el Auditorio Nacional, el sonido debe ser amplificado. La sala tiene capacidad para 10.000 espectadores y la cantidad de público -que para la primera función se estima en alrededor de 7000 personas- tiene una influencia decisiva en el sonido, que es absorbido por los cuerpos y la indumentaria. Con el aporte tecnológico de las consolas, 104 canales y 92 micrófonos, el director de sonido Gabriel Anecchina comenzó a trabajar hace tres días para lograr que el Auditorio suene como un teatro lírico.
«Este es mi sonido», señala al cabo de una intensa jornada. «La forma de herradura del Auditorio ayuda a que el sonido viaje y se parezca al de un teatro», observa, y agrega que esta sala ofrece menos dificultades que el Luna Park. Cuando llegó le anticiparon al sonidista que los laterales del escenario tienen problemas especiales debido a la construcción, dato que tuvo que tener en cuenta, al igual que disponer de unos parlantes adicionales para llevar el sonido hacia los palcos más altos.
Anecchina cuenta que haber sido músico y cantante durante 12 años lo ayuda a encontrar el concepto que busca el director musical, y también el tono apropiado para el cantante, que varía según el sentimiento que deba expresar. Defensor de la tecnología, es sin embargo un conocedor de sus límites y, sobre todo, de los riesgos que implica.
En el escenario hay una consola para detectar que los micrófonos que lleva cada cantante (en la cabeza y levemente separado del rostro), no se caigan. «Ya nos pasó en el Luna Park que un parlante hacía ruido,» relata, y añade optimista que para cada problema existe una solución. «Si se cae un micrófono, hay una persona preparada para acercar otro», concluye.
Todo es movimiento en torno de Marga Niec, repositora de Oswald. Su silueta mínima que compensa con una energía inagotable, coincide con su estilo minimalista. Consultada sobre si comparte el barroquismo excesivo de Oswald, responde de inmediato: «No». Su respuesta es terminante. Pero en seguida aclara que el trabajodel escenógrafo le resulta admirable y añade: «Si bien prefiero las puestas minimalistas, que van directo a la esencia de la obra, es lindo ser ayudante, cumplir con el trabajo de una eficiente secretaria ejecutiva, dispuesta a solucionar todos los problemas que se presenten». Su experiencia no es poca, vivió durante años en Brasil e hizo la régie de «Turandot» en Bogotá, y en un abrir y cerrar de ojos soluciona problemas como el final del primer acto, con un oportuno apagón de luces antes de la bajada del telón.
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