Urbanyi: «La
costumbre de
valorar a un
autor sigue
siendo a veces
una empresa
póstuma. Un
caso notable es
el del hoy best
seller Sándor
Márai, que se
suicidó en 1989
siendo casi un
desconocido».
"Hoy en el mundo, según sostienen algunos editores, hay más escritores que lectores, por eso tanto libros vuelven a convertirse en pasta de papel sin haber alcanzado su destino de lectura", comenta Pablo Urbanyi, escritor argentino nacido en Hungría, que desde hace décadas vive en Canadá, y tiene varias de sus obras traducidas, entre otros idiomas, al inglés, francés, italiano, alemán, húngaro.
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«Hoy los editores no son selectivos, sino que trabajan para un determinado mercado. En Estados Unidos sólo se edita tres por ciento de las obras que consideran que merecen ser traducidas al inglés, es decir que pueden tener un cierto mercado. En Inglaterra es peor, sólo uno por ciento. La literatura vive su etapa de decadencia», comenta el premiado autor de «Silver». Urbanyi visitó Buenos Aires para presentar su décimo libro, la novela «El zoológico de Dios». Dialogamos con él.
Periodista: ¿Por ese título, «El zoológico de Dios (Ipolysag)»?
Pablo Urbanyi: Proviene del dicho húngaro «es grande el zoológico de Dios» que es similar al castellano «hay de todo en la viña del Señor». Busqué mostrar ese zoológico humano desde la mirada de Fénix, un chico de ocho o nueve años en un pueblo de frontera, en medio de invasiones y guerras. Sentí que la historia tenía que ocurrir en Ipolysag, mi ciudad natal, durante la Segunda Guerra Mundial, porque fue un pueblo que padeció constantes vaivenes. Ipolysag, que se traduce como «la ciudad junto al río», fue un territorio del imperio austro-húngaro que a cada rato cambiaba de camiseta. Cuando me engendraron pertenecía a Checoslovaquia, cuando nací a Hungría, porque durante los meses de embarazo de mi madre corrieron la frontera. Y después se volvió alemán, cuando nos invadió Hitler. Y después, con el ejército soviético, Ipolysag volvió a ser por un tiempo de Checoslovaquia, hoy pertenece a Eslovaquia. En lugares más estables no suele estar tan a la vista el zoológico de Dios.
P.: ¿Es una autobiografía encubierta?
P.U.: Es la historia del crecimiento de un chico, que soy yo y no soy yo. Su historia no es la mía, pero tenemos experiencias en común. Por ejemplo, la primera bomba que vi caer muy cerca de mí, cosas como esa marcan para toda la vida. Me marcaron a mi y marcan a Fénix. Lo hacen apretarse a la chica que lo cuida.
P.: Y que es la historia central de su libro.
P.U.: Es cierto, a través de Fénix sabemos de su madre, de su padre, pero fundamentalmente de Judit, esa chica de 14 años que fue su niñera, su madre sustituta y la que a través de «jueguitos» lo hizo ingresar en los placeres del sexo, lo llevó a descubrir con una cierta inocencia las dulzuras del erotismo. Si ese tipo de situaciones suelen darse con naturalidad en los universos campesinos, que los protagonistas estén rodeados por la guerra incentiva esos descubrimientos carnales. Creo que la chica veía a Fénix como el príncipe del castillo donde ella iba a trabajar, en realidad era una casa de clase media alta, pero eso, para ese pueblo y para esa chica era como un castillo.
P.: ¿Es la guerra la que le permitió sumar historias?
P.U.: Me impuso algunas historias como la del mejor amigo de Fénix, ese que, luego de la invasión alemana, ve cómo se lo llevan con una hermosa estrella amarilla en el pecho de su saco gris, para no volverlo a ver nunca más. Otra historia que retomo es la de un incendiario al que ahorcaron. En una de mis giras literarias, para presentar uno de mis libros, me enfrenté a un dramático cuadro donde había un hombre colgado. El suceso me vino a la memoria. Pregunté a la gente y el incendiario se había convertido en una leyenda, nunca se supo si el hombre ajusticiado había sido culpable o inocente. En «El zoológico de Dios» relato como fue el juicio del incendiario. Y así la iniciación de Fénix por Judit se va rodeando de historias, según me han dicho, como en una balada. Yo sostengo que el escritor propone y Dios dispone, y que hay saber dejarse llevar y sorprenderse de lo que va ocurriendo como luego lo hará el lector.
P.: Usted habla de su libro como una balada, pero el tono sentimental es interrumpido constantemente por el humor.
P.U.: Es algo que no puedo controlar, no es algo que me proponga, surge al escribir y me dejo llevar. Acaso sea lo que signa mi estilo. Traté de entender como un chico llega de Ipolyság, «la ciudad junto al río», a Buenos Aires, «la ciudad junto al río inmóvil». Busqué bucear, sin saberlo inicialmente, en los motivos que llevan a emigrar. Pueden ser motivos externos: bélicos, políticos, económicos, o internos, como la ambición y el deseo de progresar. Pero, sobre todo, hay situaciones que expulsan, que desarraigan.
P.: ¿Cómo ve el panorama literario actual?
P.U.: Complicado, en marcada decadencia. Hay países que eligen el consumo interno, buscando satisfacer un mercado determinado, el del best seller. Los norteamericanos poco; en Inglaterra es peor todavía. Yo tengo la suerte de vivir en Canadá, y contar como escritor con el apoyo del Canadá Council, el mismo apoyo que tiene Margaret Atwood. Por otra parte si tenemos en cuenta la moda de la «novela histórica» y recordamos que Theodor Adorno dijo que «la novela histórica empieza a interesar cuando comienza la decadencia», es que estamos en plena decadencia literaria. Creo que asistimos a una devaluación de la literatura. Y cuando se producen grandes escritores, de pronto, aún hoy, son reconocidos años después de muertos.
P.: ¿A quien se refiere?
P.U.: A un ejemplo extraordinario e inconcebible, el del escritor húngaro Sándor Márai, que se suicidó en el exilio en San Diego, en California, en 1989, pocos meses antes de que las fronteras de Hungría, donde estaba prohibido, se abrieran. Y hoy está considerado uno de los grandes escritores del siglo XX, a quien algunos ponen a la altura de Proust y de Thomas Mann.
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