Ramón Sampedro «Cartas desde el infierno» (Bs.As., Planeta, 2005, 298 págs.)
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Este lúcido testimonio de un tetrapléjico que durante treinta años luchó infructuosamente para que la justicia española lo autorizara a poner fin a su vida, brinda un inquietante enfoque sobre el tema de la eutanasia, una práctica que tanto la Iglesia como el sistema jurídico actual siguen condenando sin atenuantes. «Cartas desde el infierno» reúne las notas, poemas y reflexiones que Ramón Sampedro fue escribiendo (con un bolígrafo entre los dientes) durante su opresivo encierro. Alejandro Amenábar se ocupó de narrar su historia en la película «Mar adentro» (ganadora del Oscar a la «Mejor película extranjera») y allí lo muestra como un hombre íntegro y vital, capaz de sobrellevar su desgraciada situación con buen ánimo, rodeado del amor de sus parientes y ocupando toda su energía mental en una fervorosa cruzada a favor de la eutanasia. Este ex mecánico de la marina mercante, que siendo muy joven quedó tetrapléjico al lanzarse de cabeza contra un banco de arena durante unas vacaciones, defiende con una lógica admirable su derecho a morir. Un deseo que recién pudo concretar en 1998, cuando al fin logró que alguien le suministrara secretamente una fuerte dosis de pastillas para dormir.
En sus cartas y poemas (algunos de ellos muy impactantes) explica minuciosamente su condición de «cerebro sin cuerpo», a la que él mismo define como una forma de esclavitud. «Sobrevivir así me causa una gran vergüenza y, por lo tanto, una gran humillación», afirma Sampedro a quien la muerte no le inspiraba ningún temor puesto que la asociaba a la trascendencia espiritual y a la liberación de su encierro. Sus cartas están dirigidas a los más diversos interlocutores: médicos, sacerdotes, jueces, adolescentes curiosos, lectores que conocieron su historia a través de la prensa y hasta mujeres que no dudaron en ofrecerle su amor y su compañía. En todo este epistolario dejó bien en claro que su deseo de morir no era producto de la desesperación (Sampedro organizaba sus días con una estricta disciplina mental) sino de la profunda necesidad de llevar una vida digna. Por eso critica abiertamente el culto al dolor y el manejo oscurantista que ha hecho la Iglesia en relación al miedo a la muerte. Para él es muy simple: «Estar vivo significa ser tetrapléjico». Y esto significa renunciar a tener un cuerpo y no poder disfrutar más del amor de una mujer. Pero lo más perturbador de esta historia es la postura tan radicalizada que adoptó su protagonista, quien se negó sistemáticamente a utilizar una silla de ruedas porque implicaba aceptar «una libertad miserable». La única que le ofrecía «el poder caritativo del sistema», no por amor a la vida sino para persuadirlo y someterlo.
Simple, directo y apasionado su discurso alcanza ribetes filosóficos nada desdeñables que trascienden el tema de la eutanasia. De todas maneras, se hace muy difícil no respetar la decisión de este hombre que consideraba un absurdo «aceptar la apariencia de persona cuando no se es más que una cabeza.» Patricia Espinosa
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