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10 de agosto 2006 - 00:00

Irregular homenaje a un personaje atrapante

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Aunque de emoción despareja y con saltos argumentales, «Las manos» recrea convincentemente la vida del polémico cura sanador Mario Pantaleo, con estupendas actuaciones de Jorge Marrale y Graciela Borges.
«Las manos» (Argentina-Italia-España, habl. en españa e italiano).Dir.: A. Doria. Guión: J.B. Stagnaro, A. Doria; Int.: J. Marrale, G. Borges, D. Marzio, E. Pérez, B. Blanco, C. Portaluppi y elenco.

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Tras largo paréntesis vuelve al cine Alejandro Doria, y lo hace rindiendo homenaje al sacerdote José Mario Pantaleo, un cura sanador, bastante polémico en su época, y cuya obra permanece aún vigente en González Catán. La película es de emoción irregular, pero el personaje resulta atrapante, y muy bien interpretado por Jorge Marrale, que brinda una composición meridional, apasionada, y campechana, digna de aplauso.

Aplausos también, en primer término, para Graciela Borges como la mujer agradecida que acompañó y heredó la misión del padre Mario, y para Margarita Jusid y Beatriz Di Benedetto (ambientación y vestuario) que ayudaron a hacer más convincentes los diversos episodios que aquí ilustran la lucha del personaje, reavivando de paso algunos asuntos de mucha discusión (y confusión) en su momento, y que aún siguen sin resolverse.

Entre ellos, la película menciona hábilmente, incluso con sentido del humor y diálogos punzantes, algunas cuestiones de disciplina eclesial, espionaje interno, celibato sacerdotal, relaciones políticas, diferencia e integración entre los estudios de seminario y los de la universidad pública, sospechas y ayudas mutuas entre salud pública y religión popular, el ecumenismo («que vengan católicos, judíos, mormones»), diferencia de grados entre compasión y compromiso, y, por supuesto, la retracción de obispos y teólogos frente al misterio de la sanación, que puso al cura al borde de la iglesia institucional, y en mayor comunión con los necesitados.

De hecho, un tema sobrevuelatodos los demás: es la conciencia de la responsabilidad de quien puede ayudar a los otros, y se siente obligado a hacerlo aunque sus superiores se lo impidan, algo que Doria ya expresó con gran fuerza en «Darse cuenta», y a lo que ahora suma, aunque reducidamente, cierto nivel espiritual. No por nada se titula «Las manos».

A destacar, la escena con las «Confesiones» de San Agustín («siglos antes de Freud»), una diplomática charla con un curita politizado, una discusión en italiano con el obispo que realza las cuentas bancarias como «verdaderamente milagrosas» (aunque el subtitulado diga « peligrosas»), y el emocionante recuerdo de infancia en la casa paterna, que hace pensar cómo alguien que sufrió tanto en carne propia pudo dar tanto amor a los demás, al punto de enfermarse y, siguiendo el camino de Cristo, no salvarse a sí mismo.

A lamentar, en cambio, varios saltos argumentales, pequeños desniveles con algunos extras, y un final propio de «Cuentos asombrosos», cuando la escena inmediatamente anterior era mucho mejor, con la inauguración de la capilla del Cristo Caminante en 1975, y solo cabía esperar una didascalia enumerando guardería, hogar de discapacitados, centro para mayores, y todo lo demás que el cura hizo y dejó para el pueblo, desde esa fecha en adelante.

Un detalle extra: llama la atención del profano ver cómo el sanador procede sin invocación previa, cuando hasta para curar un empacho primero hay que persignarse. Puede ser una pavada, pero quizá merecía alguna explicación, así como la propia historia, más que una película, merece largamente una miniserie.

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