Es más, el espíritu de esta película no se aparta demasiado del mismo que durante muchos años alimentó la «fantasía italiana» de la comedia americana tradicional, cuando el remedio para melancólicos ciudadanos de países fríos y tecnificados eran tarantelas, piazzas y fontanas. La dirigió una mujer,
El ambiente es parroquial: un hotel de huéspedes, una iglesia, una panadería, una peluquería y, sobre todo, un aula para actividades comunitarias, donde la más requerida es el aprendizaje del italiano, lengua llena de promesas y capaz de suavizar inhibiciones.
Componen el sexteto el pastor Andreas, viudo reciente; el administrador del hotel, casto de verdad, a su disgusto; el encargado del restaurant, fanático y violento, más adecuado a «La Parolaccia» que al luteranismo danés; una moza, italiana en serio; una panadera con problemas con su padre y una peluquera que los tiene con su madre. Las situaciones que se tejen y destejen entre ellos y a su alrededor no excluyen ni el humor negro ni la emoción.
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