(27/12/01) Madrid - Cuando el sueño del blues se hizo realidad en una pequeña localidad sureña de Estados Unidos a principios de la década más libertaria, Janis Joplin ya estaba decidida a cerrar las puertas de la opresión. Se jactaba de ser la primera joven que no llevaba corpiño en la Universidad de Texas. Y de haberse convertido en la primera persona «blanco-negra», como ella misma acuñó para escarnio de los bienpensantes. Psicodelia y excesos, sí. Arrogancia y miedo, también. Pero, sobre todo, un deambular sin rumbo en el que los desfases ocultaban un viaje a la deriva, como subraya la recién publicada biografía «Janis Joplin».
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La editorial Circe pone ahora a la venta en España este perfil nada complaciente de la revolucionaria cantante, el vértice femenino del triángulo de perversos mártires del rock completado por Jimi Hendrix y Jim Morrison en los primeros '70. Es la profesora norteamericana Alice Echols la autora de este compendio de éxitos y fracasos, de salidas de tono y tormentas internas, de dispendios personales y huidas desesperadas. Cinco años de entrevistas e investigaciones que salen a la luz cuando falta menos de un mes para que se cumpla el 59º aniversario de su nacimiento.
A través de la ascensión y muerte de la estrafalaria intérprete de himnos como «Me and Bobby McGee» o «Mercedes Benz», la autora retrata una época despojada en sus palabras de cualquier aureola de optimismo gratuito. Su declaración de intenciones no deja lugar a dudas: «A diferencia de otros de sus biógrafos, yo no le atribuyo a Janis ni patologías ni normalidad, así como tampoco la convierto en una verdadera lesbiana. En lugar de tratar su vida como un tema de análisis acerca de los excesos de aquella época, he intentado averiguar por qué a tantos de nosotros nos presentaron los años '60 dos opciones tan diferentes: la sosegada desesperación de los suburbios, alimentada por la televisión y por toda clase de bienes materiales, o la vida laica acometida con un abandono total y desesperado».
Y por si se colaba algún matiz ambiguo, Echols determina rotundamente: «Este libro es un desafío a la visión convencional que recuerda el sexo, las drogas y el rock and roll como una gran y feliz acometida». La mítica esquina de Haight Ashbury, que redime hoy su pasado de paraíso hippie con un reciclaje en clave de «ambient», desfila ante el lector junto a otros muchos episodios de la frenética vida de Janis Joplin: desde que escapó de su Port Arthur natal hasta que una sobredosis de heroína apagó su llama en la habitación de un motel de ínfima categoría, pasando por el éxtasis de su apoteótico concierto en el Festival de Monterrey.
Los mismos ecos que perviven en el musical «Love», Janis, estrenado hace unos meses en el Village Gate Theater de Nueva York. Alice Echols no edulcora a Janis Joplin en ningún momento. Así, recuerda sin piedad: «Woodstock también fue una especie de derrota para Janis». Llegó al festival tras unas febriles semanas de alocada actividad sexual y, según especifica, «cantó como si luchara por superar la flojera de la banda y su propio agotamiento y, además, tuvo el infortunio de actuar entre Grateful Dead y Sly and The Family Stone». Entre aquellas dos bandas tan compactas, los Kozmic Blues de Joplin sonaron con escasa cohesión. «Por si todo eso fuera poco, el festival llevaba 10 horas de demora, lo que alteró el horario que mantenía Janis para beber e inyectarse», se retrotrae la escritora antes de rememorar: «En un momento dado, perdió el dominio de la voz y pudo verse que hubiera querido darse la cabeza contra la pared, maldecirse y abandonar el escenario». Sus frenéticas contorsiones no auguraban nada bueno.
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