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El Buick tiene la apariencia de un auto elegante pero sus comandos son falsos y la policía decide guardarlo en un covertizo hasta resolver el enigma. Como es de rigor, enseguida comienzan a producirse varias muertes y una infinidad de fenómenos sobrenaturales. Lamentablemente, este grupo de esforzados policías -al que se suma un adolescente dispuesto a investigar la implicancia del Buick en la muerte de su padre- resulta algo esquemático y de muy poco atractivo. Y lo mismo ocurre con el ambiente rural donde se desarrolla la historia (sede de la comunidad Amish), que sólo funciona como telón de fondo.
La narración está construída en base a los testimonios de varios personajes, pero los momentos de verdadero suspenso son pocos y muy fragmentados. El Buick en cuestión devora gente y algunos animalitos que se le ponen a tiro, pero también se ocupa de «parir» seres extraños y repulsivos que el autor describe minuciosamente para brindarle al lector alguna emoción fuerte. Por más que explique al detalle el estado de shock que viven los protagonistas o las extrañas reacciones del perro de la brigada, es obvio que todas sus descripciones apuntan a provocar asco, antes que miedo.
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