Kuitca representará al país en la Bienal veneciana con una obra que instalará en un edificio
del siglo XVI.
Guillermo Kuitca, que el año próximo representará a nuestro país en la 52º edición de la Bienal de Venecia, anticipó durante un breve almuerzo en el palacio San Martín de la Cancillería, que su obra puede generar polémicas. «Es probable que no le guste a todo el mundo,» adelantó. Al describir el proyecto, Kuitca se refirió sólo al tema: «La pintura».
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Más allá de ser un género al que se mantuvo fiel desde 1974, cuando tenía 13 años y presentó su primera muestra en la galería Lirolay, la pintura es en sí misma motivo de una nueva serie de trabajos que ya genera suspenso.
La directora de Asuntos Culturales, Gloria Bender, abrevió sus palabras al observar que, consagrado en el circuito internacional, «el artista no necesita presentaciones». La curadora del envío, Inés Katzenstein, que desde el inicio de su carrera investiga la obra de Kuitca, describió las dificultades que ofrece la arquitectura de la sala del Aula Magna del Ateneo Veneto, enclave privilegiado frente al Teatro de la Fenice y cercano a la plaza San Marco escogido para la muestra.
Kuitca insistió en que «la Bienal es el mejor ámbito para exhibir una obra controversial», y agregó que le resulta excitante trabajar «bajo presión», dadas las características del «bellísimo pero abrumador» Ateneo Veneto. El edificio, que por primera vez albergará arte en la Bienal -según aclaró el consejero Sergio Baur-, se remonta a los siglos XVI y XVII.
La parte superior de las paredes está cubierta por frescos que describen la Pasión de Cristo y, el techo, que tenía obras del Tintoretto destruidas durante un incendio, fue pintado en 1600 por Jacopo Palma il Giovane con escenas del Purgatorio. «¿Cómo hacer para que los cuadros se vean? ¿Cómo definir de un diseño expositivo que realce a la vez las características del espacio y las pinturas del artista?,» cuestionó Katzestein. El « balance perfecto» al que aspira la curadora, implica un viaje hacia atrás en el tiempo, desde el «cubo blanco» al Barroco.
En la brillante trayectoria de Kuitca, pesa una obra esencialmente dramática que conmueve por su teatralidad; en la historia de la Scuola de San Fantin, que fue en su origen lugar de amparo para los condenados a muerte hasta su ejecución, sobrevuela la tragedia. Pero lo que cobra relevancia en esta Bienal, es que la afanosa « búsqueda de la emoción» de nuestro artista, coincide con el concepto del curador general, Robert Storr.
Nombrado hace tres años con el objetivo de darle una vuelta de timón a la Bienal de Venecia y reencauzar su rumbo, Storr decidió poner en tela de juicio las disidencias que plantearon las vanguardias, la inútil confrontación entre la «seriedad conceptual» y «lo poético como desviación de lo político». En estas páginas, y ante el auge del arte conceptual y político aquí y en las bienales del mundo, Kuitca consideraba: «Fue un movimiento muy interesante y necesario, pero que hoy se haya convertido en la nueva banana de Latinoamérica, es ridículo».
Vale la pena recordar que en 1991, cuando Storr acababa de ser nombrado curador del Museo de Arte Moderno de Nueva York, Kuitca expuso allí las plantas de departamentos, mapas y camitas donde, desaparecidos los personajes, emergían con mayor fuerza los rastros existenciales del sujeto, exaltados por su distanciada apariencia. Ahora, los destinos de Kuitca y Storr (que estuvo hace unos meses en Buenos Aires) se cruzan de nuevo.
La polémica que anuncia el artista y abre el curador, despliega todo un abanico de expectativas. Con el antecedente de que en Venecia se suelen premiar artista consagrados, el envío de la Cancillería cobra un sentido estratégico: la Argentina apuesta su ficha más alta. Para sellar la cordialidad de este emprendimiento público y privado, el presidente de arte-BA, Mauro Herlitzka, contó que la Fundación aporta el catálogo, mientras Silvia y Hugo Sigman, Nelly Arrieta, entre otros, patrocinan el envío.
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