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No fue el único galardón a la valentía. La ironía política en los programas de humor también recibió su reconocimiento, aunque a quienes la explotan en nombre de la rebeldía (por no decir revolución) se le escapan por completo los esfuerzos por darles letra que hace el gobierno, anunciando fiestas como ningún otro anterior o haciendo pronósticos dignos de manosantas poco precavidos.
Parecería que más vale reírse de cosas ocurridas unos años atrás que de la actualidad; no vaya a ser que alguien se ofenda. Un poco de buena edición y la impostación de voz de un locutor habilidoso es mucho más fuerte que una realidad donde, sólo por ejemplo, el presidente de la Nación no se animó a concurrir a la inauguración de la Sociedad Rural que representa a uno de los pocos sectores que se suponían beneficiados por la devaluación, y que el secretario del área que concurrió en su reemplazo fue abucheado como Alfonsín en 1988.
Tal vez el no pago del aporte patronal de una peluquería sea un escándalo que supere al repentino entusiasmo de jueces y fiscales que se supone tienen que ser imparciales y no un instrumento del poder, por procesar a enemigos del gobierno. ¿Pero qué hay de los cientos de planes de demagogia directa perdidos en los pasillos de los bancos oficiales en préstamos incobrables para amigos del poder que no son precisamente pobres?
Ver en televisión o escuchar en radio los abundantes ciclos de la izquierda mediática, enterarnos de que la mayoría de las noticias tienen seis gobiernos y dos años de antigüedad, no puede menos que darnos la impresión de vivir en la nueva Suiza latinoamericana, ahora que Uruguay está en problemas. Pero ya que el pasado interesa más que el presente, tal vez por los malos recuerdos del primero y la brillantez del segundo, se podrían atar cabos y recordar al juez Bernasconi y su inauguración de la metodología de utilizar las cárceles como instrumento de marketing político.
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