Es evidente, además, que él mismo se siente más seguro. En lugar de una banda numerosa prefirió el acompañamiento de sólo tres músicos -un bajo, una batería y un saxo-, hecho que tiene también connotaciones estéticas indiscutibles. En lugar de respaldarse, como hizo tantas veces, en las voces de sus coristas o de artistas invitados puso la suya bien al frente durante los 90 minutos de recital. En lugar de deambular enloquecidamente por el escenario e incluso abandonarlo por momentos, permaneció sentado tocando los teclados y luciéndose en un terreno en el que pisa fuerte.
El repertorio fue de lo más ecléctico, y también la manera de interpretarlo. Fue desde una versión más pop de
Cantó con solvencia. Y no se aventuró a un concierto interminable -como hizo también muchas veces- sino que lo circunscribió a un tiempo razonable, muy apto para el que escucha y para el que toca.
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