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7 de agosto 2008 - 00:00

La Bolena menos lista no perdió la cabeza

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Las dos damas Bolena: Natalie Portman (Ana) y Scarlett Johansson (María) en el nuevo film sobre los Tudor de Justin Chadwick.
«La otra Bolena» («The Other Boleyn Girl», Gr. Bretaña-EE.UU., 2008; habl. en inglés). Dir.: J. Chadwick. Int.: N. Portman, S. Johansson, E. Bana, K. Scott Thomas, A. Torrent y otros.

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La novela «La otra Bolena » de Philippa Gregory echó luz sobre uno de los personajes más enigmáticos y oscuros en el reinado de los Tudor, Mary Boleyn, o María Bolena, que precedió a su hermana Ana en obtener los favores del rey Enrique VIII durante el matrimonio con la primera de sus seis esposas, Catalina de Aragón.

De acuerdo con su relato (que ya había dado origen en 2003 a una primera versión para televisión, vista hace poco por «Europa Europa», y dirigida por una cineasta también llamada Philippa y de apellido Lowthorpe), una feroz intriga de celos recíprocos entre las hermanas Bolena condujo y se entremezcló con una serie de episodios más conocidos: el nacimiento de un bastardo, hijo de María y Enrique; la intromisión de Ana en el vínculo entre el rey y su hermana, que provocó el interés sexual de Enrique hacia ella y que, consecuentemente, lo llevó a hacer a un lado a su hasta entonces favorita, de carácter más débil; y, finalmente, la tormentosa relación con Ana, quien desesperada por darle un hijo varón (como había logrado hacerlo María), hasta llegó a intentar una relación incestuosa con su propio hermano George cuando el rey atravesaba un período de escaso apetito amoroso. 

Estos entretelones, que tienen tanto de tragedia griega como de fantasía gótica, son el sórdido trasfondo humano de un período capital en la historia inglesa, el de la ruptura entre la corona y la Iglesia Católica y la fundación del anglicanismo, en el que jugó un papel clave un personaje salteado por el film, Tomás Moro, su canciller y hombre de confianza, quien por oponerse al cisma y a la solicitud de divorcio de Enrique terminaría víctima de una de las debilidades favoritas del rey: la decapitación.

No es sencillo, considerando la vasta tradición cinematográfica que existe en Inglaterra sobre este tema y esta época, sumar otra visita al reinado de Enrique VIII. El monarca tuvo los rostros tan disímiles de Emil Jannings (en la «Ana Bolena» de la etapa muda), Charles Laughton (el actor que más se asemejó al famoso retrato rechoncho de Holbein en «La vida privada de Enrique VIII»), Robert Shaw (en la extraordinaria «El hombre de dos reinos») y Richard Burton (en «Ana de los mil días»).

Eric Bana, a la luz de esta tradición, aparece en cambio como un galán demasiado espigado y esbelto, aunque hay que considerar que el rey, en la etapa de su vida que relata el film, todavía no había sumado la gula a su catálogo de vicios. Eso puede disculparse, aunque no tanto esa morbidez y hasta esa flaqueza de carácter que transmite su personaje, y que no condice con su inveterada crueldad.

Las hermanas Bolena, Natalie Portman (Ana) y Scarlett Johansson (María) exudan una modernidad propia de estos tiempos antes que los del siglo XVI. Hasta se permiten comentarios sobre la potencia sexual de Enrique y de los métodos para estimularlo. Pero tampoco eso es muy grave: el encanto de Henny Porten cuando interpretó a Ana Bolena era el de los años '20, y Geneviève Bujold fue la mejor decapitada sesentista. Las galerías históricas, como en este caso, a veces sirven para acabar con la ilusoria idea de la composición «fidedigna» (una falacia en la que sólo creen los militantes de la música clásica en instrumentos de época).

Ahora bien, en la competencia gana Portman hasta sin actuar, casi como si la débil Johansson sólo fotografiara bien en las películas de Woody Allen.

Los más memoriosos, en especial los del cine español, tendrán una sorpresa al encontrarse con el rostro, irreconocible, de la cuarentona Ana Torrent como Catalina de Aragón. Una sensible y segura actuación, con buen plante, pero ya casi nada de esa profundidad de mirada que tuvo, de niña, en «El espíritu de la colmena» y «Cría cuervos». Kristin Scott Thomas, la Bolena madre, desfila ante la cámara sin llamar demasiado la atención.

Dramáticamente, la película es demasiado expositiva, a la manera de una seductora y entretenida «storyline» sin mayor trabajo de libro. Es, sin duda, un guión perezoso, cuya mayor evidencia es el abusado recurso de sentar, a lo largo de escenas sucesivas, a Thomas Bolena (el padre) con el perverso Duque de Norfolk para que entre ambos comploten sobre el futuro de la corona y el tálamo real, lo que termina por asemejarlos más al «coro» que le va contando la historia al público antes que a verdaderos personajes.

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