En su obsesiva pormenorización incidental (no se deja de lado ni el detalle de cómo hubo que conseguir nafta para incinerar los cadáveres de La mirada se convierte, así, en la crónica de una metástasis, en la que se asiste a las diferentes reacciones de los desesperados jerarcas ante la súbita explosión del final, enfrentados a lo que jamás entró en sus cálculos, el suicidio del indestructible «superhombre», la muerte del Führer, a quien la agobiada caracterización que le da
El dictador, que inculcó en sus fanáticos y en sus simples seguidores la creeencia en la superioridad racial y la indestructibilidad imperial, los traiciona con su suicidio y se siente traicionado por quienes, ahora, descubre como vulgares políticos. En uno de sus habituales arranques de cólera, alienado, mientras insiste en dar órdenes para movilizar ejércitos inexistentes o menguados, e insulta a sus generales («En
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