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16 de marzo 2005 - 00:00

La Habana difunta

La reciente desaparición del narrador cubano Guillermo Cabrera Infante originó esta nota de Rafael Rojas en «El País» de Madrid, un réquiem por la cultura de aquel país. Rojas, escritor y ensayista de esa nacionalidad y codirector de la revista «Encuentro», proyecta su mirada hacia atrás para abarcar también la muerte de otros cinco notables cubanos, algunos de ellos también símbolos, como Cabrera Infante, de la resistencia anticastrista en el exilio.

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¿Qué compartían el poeta, la cantante, el historiador y los tres novelistas mencionados, además de la condición de creadores imprescindibles de la gran cultura cubana del siglo XX? Compartieron el exilio, la oposición pública al régimen de Fidel Castro, la profunda antipatía que ese régimen sintió por ellos y la angustia de morir lejos de su país, sin ver realizado el sueño de la democracia cubana. El pasado 22 de febrero, el periódico Granma no dio la noticia del fallecimiento, en Londres, del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. Cuando murió Celia Cruz, el 17 de julio de 2003, esa misma publicación informó la triste noticia, pero le agregó estas líneas infames: «La importante intérprete se mantuvo sistemáticamente activa en las campañas contra la Revolución Cubana generadas desde Estados Unidos, por lo que fue utilizada como ícono por el enclave contrarrevolucionario del Sur de la Florida».

No hay clemencia, ni la menor disposición al duelo, en una dictadura que confunde la Nación con el Estado y que sólo concibe la pertenencia a una cultura desde la lealtad a un caudillo. Por fortuna, en el país de Granma, Guillermo Cabrera Infante, el último clásico de la gran narrativa cubana del siglo XX, nunca ha existido. Los editores de ese libelo comunista piensan, con razón, que no hay que informar al público asobre la muerte de un fantasma. Si lo hicieran, difícilmente podrían ocultar su alegría.

Aunque Cabrera Infante vivió casi 40 años en Londres y sólo 20 en La Habana, su prosa se nutrió obsesivamente de la vida habanera entre 1948, cuando comienza a escribir, y 1962, cuando se va como agregado cultural a Bruselas. La Habana de Cabrera Infante es, por tanto, un mundo claramente delimitado en el tiempo -la dácada del 50- y en el espacio: la ciudad moderna del Vedado y Miramar. Ese pequeño universo se dilata en su memoria y revive en su prosa, como si se tratara de una epopeya personal o una mitología privada.

Esa Habana, destruida por la Revolución, se convierte, en la memoria y la prosa de Cabrera Infante, en un refugio sobre el que la dictadura no puede ejercer su totalitaria jurisdicción. Por medio de la evocación de personajes y escenas del habla y la música, del humor y el sexo, libros como «Tres tristes tigres» y «La Habana para un infante difunto» logran el triunfo de la geografía sobre la historia, la redención del sujeto por la vía del recuerdo. Cabrera Infante, cinéfilo y melómano, entendió la literatura como la transcripción de imágenes y sonidos habaneros.

La nostalgia de esa Habana -no la de Batista ni la de Castro, dos dictadores a quienes combatió sin cesar, sino la de Beny Moré y Virgilio Piñera, la de Bola de Nieve y Amelia Peláez- es la fuente inagotable de las ficciones de Cabrera Infante. Pero esa nostalgia no implica la apología del pasado, sino la contraposición entre la pluralidad y el desenfreno de la cultura habanera y el autoritarismo y la solemnidad de la política cubana, sobre todo a partir de 1959. La Habana recordada y eternizada en la literatura de Guillermo Cabrera Infante es un dispositivo de resistencia al totalitarismo.

Mucho se ha escrito sobre el parentesco entre la aventura literaria de Cabrera Infante y la de Joyce, Borges o Nabokov. Sin embargo, difícilmente se encontrará una experiencia más radical del exilio en la literatura moderna latinoamericana. A través de su Habana personal e imaginaria, Cabrera Infante logró exiliarse de un espacio, la isla de Fidel Castro, y de un tiempo: el del régimen comunista. «Habanidad de habanidades, todo es habanidad» escribió ese «gran exiliado» como lo llamó Derek Walcott: el único capaz de recordar su ciudad con imágenes «encostradas, pompéyicas, el Technicolor citadino disuelto en blanco y negro, su poesía reducida a propaganda documental, sus graffiti a eslóganes socialistas».

El título de su segunda novela, «La Habana para un infante difunto», la primera que escribió plenamente en el exilio, jugaba con el nombre de la composición de Maurice Ravel. Allí La Habana era algo así como una canción de cuna o un cuento infantil que servía para dormir o velar a un pequeño huérfano. Pero la orfandad y la errancia de Cabrera Infante no dejaron nunca de motivar refundaciones de la ciudad a través de la imaginación y la memoria. Cuando hace tan sólo unos meses un periodista le preguntó sobre qué trataba su novela pósturma, «Ninfa constante», respondió: «Sobre qué va a ser: sobre La Habana. Todas mis novelas hablan de la misma ciudad».

A pesar de haber sido un narrador tan paródico y burlón, Cabrera Infante dejó testimonios muy elocuentes de su admiración por grandes escritores cubanos como José Martí, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Virgilio Piñera, Lino Novás Calvo, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz y Lydia Cabrera. En el hermoso prólogo que le dedicó a los «Diarios» (1997) de Martí, editador por el Círculo de Lectores, escribió: «El exilio no es una situación geográfica o histórica, sino una tierra que el escritor lleva siempre consigo. Para Martí, Cuba debió ser una isla flotante». Para él, esa isla flotante fue La Habana: una patria portátil que su memoria de exiliado se llevó, primero a Londres, y después a la tumba».

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