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7 de abril 2005 - 00:00

"La trama de la vida"

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Lola Naymark y Ariane Ascaride en «La trama de la vida» de Eléonore Faucher.

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Pero al principio cuesta ver que incluso
La historia es ésa, la simple historia de una chica (bien representada por
Un tallercito apacible, al que entra una luz que recuerda la de los pintores flamencos, y donde dos personas, sólo dos, hacen unos trabajos preciosos, delicadísimos, por directo encargo de unos grandes modistos de Paris. Y hacer eso, es como estar en un mundo propio, y como ver crecer, despacito, la obra creada por una misma, y mandarla después a que salga a recorrer el mundo. Una obra que requiere cuidado extremo, habilidades que recién se van adquiriendo, y que su creadora disfruta plenamente sólo en ese apurado lapso de gestación. Nada de esto se explicita verbalmente. Todo se va apreciando de a poco, como la trama de un vestido, en los gestos que a veces pueden parecer antojadizos, en los momentos de concentración o de contemplación, con muy pocos diálogos, más bien envueltos en el silencio, o con unos breves acordes de una música a veces regional, a veces clásica. Hay un hermoso colorido en los lugares donde la criatura se siente bien, por ejemplo en una salida al campo antes de la lluvia. Y hay también, pero sin exageraciones, algo descolorido, como sobreexpuesto y gastado, en la visión de algunas paredes del pueblo, y de la iglesia, y en algunos rostros que se cruzan en su vida.

Con esos solos elementos, la película alcanza a veces un clima especial, casi tan refinado como el oficio al que se alude.

Y alcanza también, hacia el final, la luminosidad interior de una feliz decisión de vida.

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