La huella imborrable en quienes vimos el universo de Roald Dahl reimaginado por Tim Burton y Johnny Depp como Willy Wonka era difícil de superar. Tanta fantasía chocolatosa, ríos y burbujas de cacao, personajes encantadores y revulsivos, mezcladoras, ardillas pelanueces y los inclasificables Umpa Lumpas son mucho más fáciles de imaginar que de materializar.
Quienes vieron en Broadway la versión teatral comentaban que la local no tiene nada que envidiarle, y quienes no lo hicimos, nos maravillamos con un despliegue escénico deslumbrante, que supera a lo hecho por los mismos productores de “Matilda”, “School of rock” y “La Sirenita”.
La Wonkamanía tiene una razón de ser: parte de un libro que es pura fantasía y dispara la imaginación, superando desde lo visual (escenografía, vestuario, utilería, luces) todo lo imaginable. Agustín “Rada” Aristarán no podía ser mejor maestro de orquesta de este delirio hermoso, dotando de su impronta y carisma al personaje del chocolatero millonario capaz de imaginar los inventos más alocados. Esta vez son cuatro los elencos rotativos de los chicos para cubrir tres funciones diarias, que en la función de prensa tuvo a Juan Martín Flores como Charlie Buckett.
En el show dirigido con la solvencia y encanto de siempre por Ariel del Mastro y Marcelo Caballero, además adaptador del libro (junto a Marcelo Schapira), los chicos ganadores del ticket dorado para hacer la excursión a la fábrica operan como arquetipos de moraleja. Amplias teorías literarias y cinematográficas señalan que cada uno de los cuatro niños malcriados representa uno de los siete pecados capitales, mientras que Charlie simboliza la virtud.
Dahl utiliza a los personajes para criticar los vicios infantiles y los errores en la crianza. De modo que Charlie, humilde y soñador, es sinónimo de generosidad y gratitud; Augustus Gloop (Felix Anton) representa la gula y el exceso; Veruca Salt (Olivia Staffolani) encarna la avaricia, la codicia, el caprichosos y el paliativo con dinero; Violet Beauregarde (Catalina Giorgi Vazquez) es la soberbia, la vanidad, la arrogancia y la competitividad y Mike Teavee (Romeo Russo) representa la pereza y la ira.
Es el personaje más inquietante por la vigencia y por cómo se resignifica en un mundo presente atravesado por las pantallas. Dahl escribió este libro en 1964, y planteó un chico alienado por los medios de comunicación y los videojuegos, trazando un personaje aislado y pasivo. Sin dudas lo escrito en los ´60 se ve hoy llevado al extremo, y ese personaje termina atrapado en una pantalla, como tantos chicos y adultos hoy. Al personaje de la madre en el musical le suman adicciones no sólo al alcohol sino a toda clase de psicofármacos acaso para hacer frente a una realidad intolerable.
Cabe destacar a Mery del Cerro como la dulce mamá de Charlie y Sebastián Almada, excelente como el abuelo Joe, pero lo mejor del show arranca, como en libro, con la esperada excursión a la Fábrica. En el recorrido, Wonka advierte “esta es mi sala favorita”, pasando por mundos craneados por Dahl con infinita imaginación y llevadas a escena con infinito talento.
Desde esa suerte de bosque multicolor y fluorescente con ríos de chocolate (escenificada por estructuras colgantes y flotantes complementadas por la pantalla), a donde llegan por primera vez los Umpa Lumpas, esa legión de criaturas enanas y simpáticas representadas por los bailarines con destreza.
Luego pasan al cuarto donde las miles de ardillas separan las nueces (los vestuarios de esas ardillas son una maravilla, parecen animales reales), hasta llegar a la gran mezcladora o el cuarto de las pantallas de teletransportación, con efectos especiales y magia. En ese sentido, Rada despliega sus dotes de mago en varios momentos. Hacia el final, el desenlace poético y apabullante a nivel tecnológico, luego de pasar por esa sala vacía, que es la de la imaginación. La platea queda admirada ante el ascensor de cristal con Charlie y Wonka que sobrevuela la sala, como si miraran todo desde las estrellas.