El Instituto Goethe presenta un ciclo dedicado a Fritz Lang con la proyección restaurada de Metropolis, M, el vampiro negro y El testamento del doctor Mabuse. Tres obras fundamentales del cine alemán que marcaron la historia del séptimo arte y siguen influyendo en generaciones de realizadores.
Metropolis (1927), M, el vampiro negro (1931) y El testamento del doctor Mabuse (1933) integran el ciclo "Las tres M del señor Lang", que se exhibe en la Sala Lugones, el Cine York de Olivos y el Lumière de Rosario.
“Las tres M del señor Lang”, con ese título el Instituto Goethe presenta desde este martes, sucesivamente en Sala Lugones de Capital Federal, el Cine York de Olivos y el Lumiére de Rosario, tres de las películas más relevantes de Fritz Lang. Superando por la mínima diferencia las dos M de Marilyn Monroe, esas tres M son, por orden de aparición, “Metropolis”, “M., el vampiro negro” y “El testamento del doctor Mabuse”. Cabe recordarlo: entre 1919 y 1960, y entre Alemania, Francia y EEUU, Fritz Lang hizo series de aventuras, obras monumentales, películas peliciales, de ciencia ficción, denuncia social y alguna que otra romántica con trasfondo amargo, como “Las tres luces” y “Liliom”, que filmó en París mientras preparaba silenciosamente su emigración a Hollywood, dejando atrás los incómodos halagos del gobierno nazi. También dejaba atrás a su esposa y guionista Thea von Harbou.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Por ella había abandonado años atrás a su primera esposa, Lisa Rosenthal. Por su parte, von Harbou había dejado a su marido, el actor Rudolf Klein-Rogge, pero con una diferencia: gracias a ella Klein-Rogge pasó a convertirse en el doctor Mabuse, el rey Etzel de “Los nibelungos” y el científico loco de “Metropolis”, papeles que lo llevaron a la fama mundial.
Esta película sigue sorprendiendo. Filmada en 1926, sobre novela de von Harbou adaptada por ella misma, “Metropolis” imaginaba cómo sería la sociedad un siglo más tarde, tanto en sus avances tecnológicos como en sus retrocesos sociales. En lo primero incluyó hasta la robótica y la inteligencia artificial. En lo segundo vio una marcada separación de clases y un manejo singular de las masas por parte de la plutocracia. Al atractivo de esos temas y la capacidad narrativa de Lang se suman los revolucionarios efectos especiales de Eugen Schufftan y otros técnicos que aún asombran. Dato interesante: con el tiempo la película se fue “abreviando”, hasta que en 2008 apareció en Buenos Aires la única copia completa que se conservaba en todo el mundo. La restauración definitiva en Alemania hizo el resto. Esta es, entonces, la “Metropolis” que ahora se exhibe.
Para la anécdota, cabe anotar la “versión Moroder” de 83 minutos, 1984, donde la película fue “intervenida” con un tratamiento imaginativo del color, algunos cambios en el montaje y una banda sonora a cargo de Freddie Mercury, Bonnie Tyler y otros artistas populares. O, entre otras musicalizaciones, la del compositor argentino Martín Matalon, 1986. Y, crease o no, la deliciosa versión libre en dibujos animados conocida como “Metropolis de Osamu Tezuka”, escrita en 1949 y filmada por Kintaro en 2001 con guión de Katsuhiro Otomo, ya no con una mujer robot escuálida e histérica como la de Lang sino con una encantadora criaturita mecánica que sufre una crisis de identidad.
Los otros
Y es que algunas películas de Fritz Lang han despertado la imaginación de muchos otros creadores. “M, el vampiro negro”, 1931, drama inspirado en el caso real de un infanticida apodado “el vampiro de Dusseldorf”, es una obra esencialmente alemana que en el fondo se pregunta quién debe actuar en nombre del pueblo (asunto candente sobre todo en esa época). Y tiene una remake norteamericana, “M, el maldito”, de Joseph Losey, 1951, muy bien adaptada aunque algo teatral, que desarrolla un poco más la importancia de la mafia como poder paralelo que pretende imponer su propia justicia. Y una versión argentina, ambientada en Buenos Aires, “El vampiro negro”, 1953, del uruguayo Román Viñoly Barreto, que piadosamente pone el acento en la angustia moral del propio asesino. Nathan Pinzón es el protagonista, y su actuación va pareja con la de Peter Lorre en la versión original. Hay algo más: en su excepcional “Hitler, un film de Alemania”, 1977, Hans-Jurgen Syberberg incluye el estremecedor monólogo del asesino confesando que no es dueño de sus actos y más bien se siente llevado por un impulso criminal que no domina. El texto es exactamente el mismo. El detalle es que en este caso el infeliz lleva el uniforme de la SS. Tremenda relectura, como puede verse.
Por su parte, las historias de Mabuse, genio del mal, desde un primer momento tuvieron lecturas y relecturas. Un personaje inasible, manejador, de corazón turbio y enorme inteligencia, atento a las grandes finanzas y las variadas formas del delito, siempre con seguidores, provocando miedo, repudio y admiración por partes iguales, tenía “a quien parecerse”. Sus andanzas fueron, probablemente, las más exitosas en boletería. El era ágil, sus películas también. Apareció en “Doctor Mabuse, el jugador”, 1922, pareció irse en “El testamento del doctor Mabuse”, 1933, que ahora vemos, reapareció en “Los mil ojos del doctor Mabuse”, 1960, que fue la última de Fritz Lang.
Desde el retiro, el creador vio cómo su criatura tomaba vida propia en el cuerpo de otros actores, en otras películas de otros directores, incluso el argentino Hugo Fregonese durante su periplo por Italia. Mabuse de regreso, perseguido por Scotland Yard, por el FBI, por la Sureté, Mabuse invisible, inhallable, adaptado al espíritu de los '60, de los '70, Mabuse con armas nuevas. También con chicas nuevas. La última reaparición de este personaje es de 2018. Por ahora, y sin contar los cortometrajes, porque ahí ya nos extendemos hasta el presente. El mal siempre subyuga.