2 de noviembre 2006 - 00:00

Lo mejor que se rodó sobre los cartoneros

Ana Gershenson supo ver y transmitir la belleza que ven y disfrutan los mismos pobres ensu vida cotidiana.
Ana Gershenson supo ver y transmitir la belleza que ven y disfrutan los mismos pobres en su vida cotidiana.
«Caballos en la ciudad» (Argentina, 2004, habl. en español). Guión y dir.: Ana Gershenson. Documental.

De los tantos documentales que hay sobre los cartoneros, éste se destaca por su belleza. No porque sea un film esteticista, sino porque su autora, Ana Gershenson, supo ver y transmitir la belleza que ven y disfrutan los mismos pobres en su vida cotidiana: la arquitectura del puente de Barracas, la lagunita donde se tiran los niños entre la escuela y la recolección de basura, el verde de las afueras, la luz de los suburbios, y, sobre todo, los carros y caballos.

Da gusto ver cómo se entienden y atienden mutuamente, humanos y animales, con qué orgullo los carreros hablan de sus bestias, en particular de las yeguas, «que, como toda mujer, son más aguantadoras», según dice uno. Aguantadora, también, la dueña que caminó dos días seguidos, desde su villa en las afueras hasta el corralón donde las autoridades le tenían secuestrado el animal, y luego hasta donde le habían dejado el carro y la montura.

Por supuesto, también mencionan los choques con policías coimeros, inspectores municipales, fuerzas de infantería que parecen equipadas para la Guerra de Irak, y funcionarios del Parque de la Ciudad que hablan por televisión sobre el servicio de veterinaria que prestan, pero después se niegan a atender, aunque los interesados vengan desde lejos. A esos problemas, se suma además el robo entre los mismos pobres, el bajo precio que pagan los acopiadores, y el «mal estado» de las balanzas.

Aún así, ellos salen cada día, a disfrutar del sol, cuando lo hay, del paso firme del animal, cuando no va tan cargado, y de las sorpresas que puede haber en cualquier depósito, o en alguna bolsa. Con entusiasmo, citan una caja de juguetes, o un calzado en buenas condiciones «que nos pagó la comida». «Una vez encontramos plata», dice una muchacha, que espera repetir, mientras su pareja sonríe con una mezcla de ternura y escepticismo.

A destacar, un botellero contento con su oficio, la mujer que, en vez de «vehículo de tracción a sangre», dice «atracción de la sangre», el cura melenudo de Ciudad Oculta, los niños hábiles en el manejo de las riendas y de las negociaciones, la escena donde los chicos miran cómo un vecino empareja las crines de un caballo (y, por lo que se ve, a uno de ellos también lo atiende el mismo peluquero), la buena música que se escucha en todo momento, y, especialmente, el comienzo.

Ese comienzo marca el parecido entre algunos cuadros muy celebrados de Tapies, El Bosco, Christo, Schwitters y otros pintores, y los detalles de carros, cargamentos, gentes y caballos enriquecidos por los artistas de lo popular. ¿O no es un sentimiento artístico, lo que llevó a alguien a atar una preciosa cinta roja en la pata de su yegua?

Ana Gershenson fue una mujer amable, menuda, especialista en artes plásticas y cine. Le llevó años terminar este film, y entretanto una enfermedad se la fue llevando. Su hijo lo estrena ahora, en su memoria, sin hacer demasiado ruido. Humildemente, igual que esos carros típicos, «de otra época», que todavía vemos, y que su madre con tanto placer ha registrado.

P.S.

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