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4 de mayo 2026 - 13:50

Marcelo Savignone: "El teatro puede llevarnos a otra concepción del tiempo"

Marcelo Savignone presenta "La imaginación enferma”, una obra de la Compañía Cuerpos, los sábados a las 17 en el Teatro del Pueblo.

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"La imaginación enferma" cuenta con actuaciones de Leandro Arancio, Milagros Coll, Sofía González Gil, Valentín Mederos, Guido Napolitano, Belén Santos, Tatiana Sarbia y el propio Savignone.

En un mundo saturado de discursos, imágenes y relatos que se consumen rápido y se olvidan más rápido todavía, el teatro tiene una potencia singularísima, puede ralentizar, espesar el tiempo, invitar a estar ahí, sacarnos del tiempo lineal y sucesivo y así llevarnos a una otra concepción del tiempo”, dice Marcelo Savignone, autor y director de “La imaginación enferma”, una obra de la Compañía Cuerpos que irrumpe en el escenario para interpelar al teatro desde el mismo teatro.

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Se presenta los sábados a las 17 en el Teatro del Pueblo (Lavalle 3636), y cuenta con actuaciones de Leandro Arancio, Milagros Coll, Sofía González Gil, Valentín Mederos, Guido Napolitano, Belén Santos, Tatiana Sarbia y el propio Savignone. Conversamos con él.

Periodista: ¿Cómo tensiona el drama moderno, como cuestiona sus formas y denuncia?

Marcelo Savignone: En principio la obra tensiona la unidad aristotélica. La misma se fragmenta: el tiempo se vuelve discontinuo, la acción deja de ser progresiva, los personajes ya no son identidades sólidas sino zonas de conflicto, campos de batalla. Aparecen silencios, repeticiones, quiebres del lenguaje. En lugar de representar un drama “que avanza”, esta obra expone un estado de cosas, una imposibilidad o una crisis. En segundo plano, la obra cuestiona sus propias herramientas. El teatro deja de ocultar que es teatro. Brecht es central acá: introduce distanciamiento, canciones, interrupciones, para que el espectador no se “olvide” de que está viendo una construcción. Existe una sospecha sobre la representación: ¿se puede realmente mostrar la realidad? ¿o toda forma es ya una mediación ideológica? Y por último ejercita la denuncia. La obra manifiesta su desconfianza en que mostrar la vida privada alcance: pone en evidencia estructuras sociales, económicas y políticas que atraviesan a los personajes. La denuncia no siempre es directa; a veces aparece como vacío, como repetición absurda, como imposibilidad de actuar. Esa negatividad misma es crítica.

P.: ¿Qué dice la obra del rol pasivo del arte frente a la hipocresía social? ¿Cuál es esa hipocresía?

M.S.: La obra plantea una incomodidad: el arte no está del lado de la transformación. Puede volverse un espacio de repetición, de evocación sensible, incluso de lucidez… pero sin consecuencias en la realidad. En ese sentido, el “rol pasivo” del arte no es una acusación externa sino algo que la propia obra pone en escena: el hecho de volver a habitar una pieza del pasado, de reconstruirla, de mirarse a través de ella. El arte queda así al borde de ser un ritual que procesa la experiencia sin modificarla. Y la obra no lo resuelve: lo expone. Ahí entra la hipocresía social. No se trata de una falsedad evidente, sino de algo más sutil y extendido: una sociedad que sabe pero no actúa en consecuencia, "la ensoñación de la comodidad".

P.: ¿Tenés una mirada desesperanzada del teatro como ejercicio inútil en los tiempos que corren? ¿Es pesimista? ¿Cómo serían estos tiempos?

M.S.: No, mi mirada no es pesimista, pero tampoco es complaciente. Más bien desplaza la expectativa sobre el teatro. La obra no plantea que el teatro sea inútil, sino que ya no puede pensarse ingenuamente como transformador por sí mismo. Señala su límite: representar ya no alcanza. Pero mostrar ese límite no es un gesto de derrota, sino de acción. En otras palabras, la acción del teatro buscando lo común a construir. Son tiempos donde se vuelve difícil sostener una idea fuerte de transformación. No porque no haya deseo, sino porque ese deseo está atravesado por el exceso de individualismo, por cierta fatiga. Entonces, no es un diagnóstico apocalíptico, sino un posicionamiento frente al arte y la pregunta en relación a cuál será su rol en el futuro inmediato.

P.: ¿Qué intenta exponer en tanto ideología de la burguesía, sus inicios y sus herencias?

M.S.: La ideología burguesa, en la que estamos inmersos, ha llevado su lógica de cálculo a tal extremo que los medios y la vida se autonomiza. Se sigue organizando, proyectando y midiendo, pero ya no está claro con qué finalidad. Lo que persiste no es una promesa de sentido, sino una inercia de funcionamiento y eficacia. Una sociedad de lo cuantificable que pierde día a día lo cualificable (el amor, la amistad).

P.: ¿Cómo es el colapso escénico?

M.S.: Pensar el colapso escénico es pensar el colapso del sentido. Esto implica un giro copernicano: no es que la escena colapsa y entonces pierde sentido, sino que el sentido mismo emerge en ese colapso. Es ahí donde algo se revela. Un intento de encontrar sentido en lo desolador.

P.: ¿Cómo es hacer teatro hoy?

M.S.: Es trabajar en un terreno inestable (quizás hoy bastante más que en otras épocas) donde ya no hay garantías, ni de sentido ni de recepción. Las lógicas de mercado han invadido lo poco que quedaba de eso que llamamos: Teatro. Pero esa inestabilidad no es solo una dificultad, es también el material mismo de la escena. Hoy el teatro necesita pensar puertas adentro. Sí estamos frente a un cambio de paradigma moral. Qué mejor que el teatro cuestione sus modos de representación que ponen en tensión los discursos dominantes.

P,; ¿Cuál es para vos su misión?

M.S.: El teatro es un modo de generar nuevos modos de sentir y percibir. Sí las historias que nos hemos contado nos trajeron a estos tiempos distópicos habrá que intentar imaginar otros mundos posibles.

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