Existen momentos que en principio siempre son incómodos y que además acarrean preparativos, pero aún así se buscan y se buscarán a lo largo de los tiempos. Es el caso de las primeras salidas con desconocidos, que acarrean siempre algún tipo de expectativas. El tema llamó la atención del periodista científico Martín De Ambrosio, quien escribió su nuevo libro Primera Cita. Amor y decepción en tiempos de Facebook y Tinder (Planeta) y buscó indagar mediante testimonios reales (aunque con ciertos cambios en los nombres de sus protagonistas y en las locaciones) el pasaje de la virtualidad a la realidad de la misma manera en que se pasa del pijama al traje de gala.
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Divididos en las secciones "Desastres", "Escapistas", "Rarezas", "Delirios" y "Exitos", el libro alberga singulares historias, como un hombre que le pregunta a una mujer "¿cuánto ganás?" y "¿querés ser mi novia?", en la primera salida; mujeres que se llevan sin permiso el auto de un joven durante el primer encuentro y la de un hombre con complejo de petiso que llevó a una mujer a un "auto-bar", es decir, un descampado donde te sirven bebidas para no tener que bajarse del vehículo, entre muchas otras.
Periodista: ¿Cómo nació la idea de escribir un libro sobre primeras citas?
Martín De Ambrosio: ¿Cómo nacen las ideas? Nunca está demasiado claro y toda arqueología en ese sentido es una construcción post facto que bordea lo mitológico. No obstante lo cual, podríamos incurrir en una arqueología vulgar: prestar oído a una historia divertida y sorprendente, dos, y la sensación entonces de que podía haber una cierta continuidad narrativa, para la que sólo restaba hacer una búsqueda. También un antecedente que sirvió de modelo: Creía que mi padre era Dios, de Paul Auster. Y, más modesta y personalmente, Guardapolvos, el otro libro que escribí sobre historias sexuales con médicos. A diferencia de este último, busqué que las historias hablaran por sí mismas, sin mayores intervenciones teóricas o autorales, salvo una: borrar toda intervención.
P.: ¿Cuáles son los testimonios que más te impactaron?
M. D. A.: Todos tienen su impacto y por eso están incluidos. Creo que las 41 historias tienen una intención deliberada de mostrar un aspecto de la manera de vincularse en esta época y lugar. De gente que no sabe qué hacer, cómo relacionarse exitosamente, cómo poner su cuerpo, cómo usarlo, cómo ser amable y no perder fuerza y personalidad en la bondad. Nuevamente, tras la aclaración, la respuesta estricta: las historias de huidas masculinas (los que huyen son varones), en particular las de los cines me llamaron la atención. De igual manera me impactó el capítulo en dónde el protagonista que me cuenta la historia narra cómo fue tejiendo minucioso un círculo para que ella aceptara salir con él; que la veía como una diosa que bajara a la Tierra; que la pasa a buscar; que van a San Telmo; que busca hacerse el distinto para no ser uno más que la cortejaba. Y que comete, a su juicio, un error literalmente infantil: pedir un jugo de naranjas a los ojos de ella, que se pidió una Quilmes de litro. Nunca más salieron y él juzga que ese gesto exagerado de conductor responsable lo condenó. También destacaría las tituladas "El clavado" y "Entre todas las vidas". Pero sobre las anécdotas particulares rescataría el proceso mental de los protagonistas mientras los hechos suceden: chicas que piensan si deberían tener sexo o no en la primera cita, que se recomponen de viejas heridas, que reaccionan de manera que ellos mismos no pueden explicarse.
P.: ¿Qué decisiones sobre el libro fueron tomadas antes de embarcarte en el proyecto y cuáles aparecieron durante el proceso de escritura?
M. D. A.: La decisión principal fue que las historias fueran lo más simples posibles (en su estructura, no en su complejidad psicológica, si acaso) y que estuvieran narradas en primera persona, cercanas al relato oral, la anécdota de asado que estuvo en el origen de la obra. Nunca uso grabador, salvo que el entrevistado hable en idioma extranjero, porque esa oralidad conspira contra la oralidad. Me resulta mejor la recreación bajo palabras clave.
P.: ¿Cómo convive tu rol de periodista científico con este tipo de proyectos?
M. D. A.: No lo sé, supongo que convive mal (como casi toda convivencia). Y es una de las prevenciones que me generó y me sigue generando el proyecto, ¿qué hago haciendo esto, qué tiene que ver con leer papers y hablar con científicos, leer sobre las fronteras del conocimientos, que es una suerte de cotidianidad? Eso podría producir algún tipo de ruido comunicacional y desorientación. Este escribe ahora sobre amor y redes sociales y antes sobre el cambio climático. Pero con los años he aprendido un poco a hacer lo que me parece que tengo que hacer no a un nivel racional sino, digamos, ¿intuitivo, pulsional? Todo eso para hablar sólo del aspecto estético nomás.
P.: Tanto en este proyecto como en Guardapolvos muchos te contaron intimidades. ¿Cuál es tu estrategia para ganar la confianza de los entrevistados?
M. D. A.: Absolutamente ninguna estrategia. Eso es lo que todavía me llama la atención y me inquieta, tanto como me agrada: la gente habla porque quiere contar. No sé si por una sensación de que contándolo se produce una suerte de trascendencia. Desde luego, no todos lo hacen y otros prefieren la reserva o el pudor. Cuando eso sucede, agradezco y busco por otro lado. Sí dejo claro que todo lo que se escriba va a ser en los términos que los protagonistas sientan más cómodo, para no verse expuestos en su identidad; nombres, circunstancias modificadas de manera coordinada. Más allá de eso, el periodista tiene en algunos un efecto similar a curas, psicólogos, amigos y confesores de todo tipo.
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