«Pingüinos» de R. Cossa. Dir.: D. Marcove. Int.: V. Bassi, P. Rago y C. Da Passano. Mús.: J. Valcarcel. Coreog.: S. Vladimisky. Esc.: A. Negrín. Vest.: S. Di Nunzio. Ilum.: L. Rodríguez. (Sala Multiteatro.)
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Es la primera vez que una obra de Roberto Cossa se centra en la problemática de los jóvenes de hoy y en el incierto futuro que les espera. «Pingüinos» tiene por protagonistas a tres hermanos que sin saber muy bien por qué matan a su madre y luego huyen sin rumbo. La obra no desarrolla esta anécdota, sino que más bien la plantea como una abstracción, una experiencia de carácter simbólico que todo el tiempo amenaza con convertirse en realidad.
Es evidente que el autor de «La Nona», «El viejo criado» (y de muchos de los títulos más frecuentados del teatro argentino contemporáneo) esta vez intentó darle a su dramaturgia un giro netamente experimental. Para ello contó con la activa participación del director Daniel Marcove y de los actores Pablo Rago, Valentina Bassi y Claudio Da Passano, quienes colaboraron con el autor a partir de sus improvisaciones. Pero «Pingüinos» no llega a perfilarse como un producto acabado, ofrece un material demasiado esquemático y desarticulado como para que sus criaturas resulten creíbles y sus testimonios algo más que una suma de estereotipos y lugares comunes.
Hay una profunda disociación entre el lenguaje utilizado (decididamente popular y hasta con jerga de grueso calibre) y las situaciones espectrales que juegan los protagonistas. Junto a ellos, un grupo de músicos en vivo, interviene por momentos desde un rol secundario pero poco justificado desde la puesta. En ciertas ocasiones, la acción adquiere el formato de un sketch cómico, como por ejemplo la escena en la que cada uno de los hermanos habla de su encuentro con el viejo predicador.
También abundan las escenas en clave onírica que se mezclan con recuerdos del pasado y con situaciones de gran despliegue físico que poco tienen que ver con el resto de la obra. Los monólogos directos al público -explicativos y saturados de slogans-pintan un futuro sombrío para la juventud pero nunca dejan entrever cuál es el verdadero conflicto entre padres e hijos, ése que habilitaría la posibilidad de un matricidio. Los hermanos se entregan por fin a la Justicia y son condenados (por una pareja de jueces) «a vivir con sus padres por el resto de sus vidas».
Una vez más, el plano simbólico vuelve a interferir sobre lo real enrareciendo la trama y volviendo aun más inconsistentes a sus personajes. A pesar de las falencias de la puesta es digno de destacarse el entusiasmo, labor y gran entrega de sus intérpretes, en especial la de Claudio Da Passano en el papel del infantilizado Rolo.
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