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5 de septiembre 2002 - 00:00

"NOCHES BLANCAS"

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Pacino y Williams en "Noches Blancas"


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Como si aplicara una variante de la invocación de
Y no sólo el asesinato, también la luz permanente: la acción ocurre en el país del sol de medianoche, territorio ajeno tanto al policía como al criminal, donde la claridad constante, obscena y despiadada, hace las veces de contrapunto casi musical para asomarse, un poco más, a la «oscura noche del alma». En el cine nórdico, el misticismo es casi un mal incurable.

El policía, que llega al lugar con un aura de antiguos prestigios, está implacablemente expuesto. Al principio, la técnica que emplea para recoger los indicios que le permitan conducirlo al autor de la muerte de la adolescente, parece bien encaminada; sin embargo, no sólo el victimario tiene algo que ocultar. El también. Y esa geografía de luz intransigente, ese foco dirigido sobre cada paso que da, ese primer error al que lo precipita el «factor humano», no hacen más que potenciar su propia culpa: una culpa cuyo origen el espectador ignora, o apenas intuye, pero que no tardará en agigantarse luego de una nueva, imprevista muerte, cuyo ocultamiento se vuelve tan urgente como lo era, hasta entonces, el desenmascaramiento de la anterior.

La lectura que hace del film original el director

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