La difusión de contenidos de entretenimiento a través de diferentes plataformas digitales, entraña la posibilidad de que dicho contenido quede expuesto al copiado ilegal. La solución que se ha intentado hasta ahora es introducir en estos archivos los denominados DRM (Digital Rights Management), es decir, protecciones que, teóricamente, evitan el copiado. El último conflicto que se desató en el horizonte digital involucra al Zune, reproductor portátil diseñado por Microsoft para competir con el exitoso iPod de Apple. En ambos casos, los reproductores están respaldados por sendas tiendas virtuales en las que, por un precio muy reducido, los usuarios pueden adquirir diferentes propuestas de video digital. En este contexto, los productores de contenidos están exigiendo cada vez más que las empresas incluyan protecciones DRM en los productos que ofrecen, algo que en principio, ambos competidores se resisten a desarrollar. El último conflicto en este campo llevó a NBC Universal a descatalogar de iTunes todos sus productos y firmar un nuevo acuerdo con Microsoft, para comercializarlos a través de Zune Marketplace.
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En el transcurso de esta semana, un especialista de «The New York Times» informó en el blog del diario que Microsoft estaría desarrollando DRM para el material de NBC, lo que provocó una inmediata respuesta, en el mismo medio, negándolo. Pocos días después, el vocero de la empresa de Bill Gates detalló que trabajaban en una serie de proyectos con NBC, entre los que figuraba el polémico tema de los DRM para el Zune.
La ambigüedad en estos tópicos es bastante lógica. Por un lado, los distribuidores de contenidos pretenden ofrecer productos «amigables», destinados a incrementar los usuarios de los mismos, lo que les permite establecerse de manera rentable en el sector. Por su parte, los productores de contenidos pretenden cobrar por todas las copias que circulen en diferentes medios, siderando que, si no, pierden grandes cantidades de dinero en copiados ilegales. Pero como ha pasado en el universo de la música, los límites son difusos, y hay quienes pregonan que el intercambio entre usuarios de diferentes programas, o partes de los mismos, no hacen otra cosa que promocionar y ampliar la base de aficionados, lo que repercute en un mayor rating y el consiguiente aumento de la recaudación por publicidad.
Habrá que ver cómo evoluciona este nuevo conflicto, pero lo que queda cada vez más claro es que el mundo digital se resiste a los controles que son tan caros a la industria.
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