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Sin mayor preocupación por el resto de los oídos latinoamericanos, los ya famosos personajes de este éxito de la «Dreamworks» hablan en este doblaje como si estuvieran en una taberna suburbana del Distrito Federal. Tacos, chicharrones, cuates, ogros chidos (un equivalente a «buenos mozos»), y varios protagonistas que exclaman «órale» mientras platican, le dan a esta versión un raro sabor a Pancho Villa y a mariachis que difícilmente haya estado en la intención de sus creadores, quienes parecían más proclives a infundirle una atmósfera tecno-medieval.
Lo más desopilante ocurre en la escena final, posterior a los créditos, cuando el burro se da vuelta y descubre a la misma dragona que se había enamorado de él en la primera parte. Al verla, exclama asustado: «¡Mi vieja!». Ante esto, es necesario aclarar, para dejar bien limpia la moral de la película, que no se trata de un caso de lastre tanguero ni de confusión edípica (sobre todo, cuando se descubre la sorpresa que trae la dragona). En México, a la novia, o más específicamente a la «mina», se la llama «la vieja». Aunque no faltará más de un freudiano improvisado que arriesgue sus propias conclusiones a la salida del cine.
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