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La semana pasada, la policía anunció que durante un ejercicio de rutina de una brigada especial había descubierto, inesperadamente, una sala de proyecciones de 400 metros cuadrados, a 18 metros de profundidad, con teléfono y electricidad, sillas, gradas construidas en la piedra, un comedor y un bar. En el registro del lugar no fue encontrado nada que pueda acusar de un delito a las personas que frecuentaban el lugar: las películas eran clásicos de los años 50, no había explosivos, restos de droga o inscripciones racistas o violentas. La infracción de este submundo sería desvío de electricidad y teléfono y uso de un lugar prohibido al público.
Días después, la policía regresó al lugar y gran parte del equipo había desaparecido. En su lugar había una nota: «No nos busquen». El grupo que transformó estas catacumbas en cine se hace llamar
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