3 de febrero 2005 - 00:00

"Perón, Alberti o Fangio eran como tíos para mí"

Adriana Blanco, hoy profesora de letras en los Estados Unidos. Al lado, una de sus tantas caracterizaciones como«Adrianita», en su época de mayor esplendor en el cine, la radio y el teatro de los ’50.
Adriana Blanco, hoy profesora de letras en los Estados Unidos. Al lado, una de sus tantas caracterizaciones como «Adrianita», en su época de mayor esplendor en el cine, la radio y el teatro de los ’50.
Adriana Bianco, profesora de letras, que ha sido docente de universidades de Argentina, México y EE.UU., productora de programas culturales de la radio y TV francesas, organizadora de exposiciones plásticas en Brasil y EE.UU., basta con mirarle la sonrisa que tiene, con los dientecitos para afuera, llena de alegría y cordialidad, para descubrir que es -sigue siendo- Adrianita, la popularísima actriz infantil de los años '50. Y que apenas se la tienta, surgen los recuerdos.

Periodista:
¿Es cierto que siendo niña se codeaba muy familiarmente con los grandes?

Adriana Blanco: Cuando una es apenas una criatura, y además todos la miran, es natural que trate a todos familiarmente. Para mí estar con Narciso Ibáñez Menta o Juan Manuel Fangio era como estar con uno de mis tíos.Y a algunos los encaraba por mi cuenta. Rafael Alberti me recibió en pijama, en su casa cerca de Parque Las Heras. ¿Quién era esta niñita que iba a visitarlo? «¿Qué sabes de mí?», así me dijo, y yo le recité «Marinero en tierra». Alberti me miraba como extrañado. Llamó a su mujer, Maria Teresa de León. «Ven, escucha esto».Y siguió llamando gente. Me armó un mini recital en su casa.


P.: Siempre en pijama.

A.B.: El era muy personal, bastante bohemio.Y aunque se declaraba comunista, la gente lo apreciaba mucho. Me enteré que en todo el tiempo que vivió aquí exiliado, la única vez que tuvo problemas fue bajo el gobierno del general Ongania. Para el general Perón en cambio, Alberti era un poeta español y punto. No se toca. ¡Si yo le he recitado «Marinero en tierra» a Perón, tantas veces!


P.:
De modo que se codeaba con el general.

A.B.: Iba a visitarlo a la quinta. Un día me dijo «Con lo flaquita que sos, tenés que aprender esgrima». Llamó a un maestro, y me hizo tomar lecciones. Todavía conservo la posición del brazo. La verdad que me salía bastante bien. «¿Viste que tenía razón?», me decía. Otra vuelta me regaló una motito paperino. Cuando vino la Revolución Libertadora, en casa festejaban y yo lloraba, si para mí era un amigo. El siempre estaba animoso. Pocos días antes del golpe, estaba de guayabera, charlando, y como al descuido levantó un poco la falda de la guayabera para guardar un pañuelo en el pantalón, y ahí vi que tenía un revolver en la cintura. «No te asustés, Adrianita, lo que pasa es que andan unos muchachos por ahí haciendo lío, nada más», me dijo, y se reía de un modo tan campechano que te contagiaba.


P.:
¿Y qué pasó con la motito?

A.B.: Cuando vino la Libertadora, la paperino había quedado adentro de la quinta. Fueron los chicos de mi Club de Admiradores, se metieron, y me la rescataron. ¡qué héroes se habrán sentido! Nos queríamos mucho, y todavía seguimos en contacto con varios de ellos.

P.: Es cierto, usted era muy popular, no sólo en cine sino particularmente en radio y hasta en teatro.

A.B.: «La mala semilla», muy buena temporada. ¡ También, una obra muy atrapante! Esa nena malvada es terrible, y muy distinta de todo lo que yo venía haciendo.


P.:
Pero ya algo asomaba cuando debutó en «La melodía perdida», haciendo esa nena fastidiosa que no quería que su mamá se case de nuevo.

A.: Nelly Meden, pobre. Ahí conocí a doña Amalia Sánchez Ariño, una abuela con todas las letras, y al director Tulio Demichelli, que después se fue a trabajar a Europa y EE.UU. Un hombre calmo, tranquilo, que explicaba suavecito cada cosa. Distinto a Viñoly Barreto, que era un temperamental. «¡ Gorgojo! ¡Qué me estás haciendo!», a los gritos.Yo correteaba, si era una niña. Pero me iba envolviendo la poesía. Viñoly era culto, inteligente, un poco filósofo, cuando me quedaba quieta me hablaba de escritores, de poetas. Gracias a gente como él y mis padres crecí rodeada de escritores y poetas: Ricardo Rojas, Arturo Capdevila... Y aprendí a recitar con Blanca de la Vega.


P.:
Pero en el policial «La niña del gato» se aleja un poco de la típica nena recitadora que suele haber en nuestro cine.

A.B.: ¡Cómo adoro «La niña del gato»! Al principio, como Adolfo Stray era del teatro de revistas, él improvisaba, y yo contestaba lo que tenía aprendido en el libreto. Y veía que él se seguía saliendo del libreto, y no entendía, me ponía a llorar. Entonces Viñoly me dijo que aproveche, que improvise también yo.


P.:
¿Es improvisado, el dialogo donde Stray compara el dinero de la gente con un espejo?

A.B.: Donde dice, aproximadamente, que uno puede ver a los demás a través de un vidrio, pero si a ese vidrio se le ponen sales de plata, se convierte en un espejo, y a partir de ahí uno no ve más a los otros, solo se ve a sí mismo. Y no es más que un vidrio con un poco de plata. Si no recuerdo mal, ése fue un aporte de Adolfo Stray, que también era medio filosofo. La película también aportó otro avance para la época, porque se rodó mucho en escenarios naturales. Por ejemplo, toda la parte de la relación de los chicos (Hugo Lanzillota y yo), se rodó en el Pasaje Sevres, un lugar hermoso, qué pena que lo hayan destruido. Conventillos de un lado, girabas la cámara, y estabael Museo Fernández Blanco.

P.: Después vinieron las comedias de Enrique Carreras en su mejor época: «Ritmo, amor y picardía», «Mi marido hoy duerme en casa», con libreto de Abel Santa Cruz...

A.B.: ¡Qué gente buena! Nos divertíamos mucho durante el rodaje. Carlos Barbieri era un poco nervioso, a veces depresivo, pero siempre con un chiste a flor de labios, o una morisqueta. Francisco Alvarez, Alberto Castillo, eran más profesionales. ¡Ah, Leonor Rinaldi, ella sí que era divertida!Y con Carreras, ya un poco más grandecita, hice «Mi primer beso», haciendo parejita con Carlos Borsani. Dos chicos enamorados, el hijo del taxista y la nieta del kioskero.


P.:
Repitió con Borsani en «Mientras haya un circo», melodrama de Carlos Borcosque. ¿Y qué pasó después?

A.B.: ¡Tenía que ir a la escuela! Hice algo de televisión, pero de a poco me fui alejando. Además, tuve algunas frustraciones. Primero, con Vittorio de Sica. ¡Cómo hubiera cambiado mi vida! El tenía un proyecto hispano-italo-argentino, la adaptación de «Los dos pilletes» que íbamos a hacer con Pablito Calvo, el chico de «Marcelino, pan y vino». De Sica habló con mi madre y mi representante. Fue una gran ilusión. Pero esos proyectos, si no se concretan enseguida... Y después con Leopoldo Torre Nilsson. El me quería para una coproducción con EE.UU., «El ojo que espía», que al principio se llamaba «El ojo de la cerradura». Para mí era ideal porque iba a ser película de transición, ya era una jovencita. Pero un día Beatriz Guido me llama: «se concreta la película, pero los norteamericanos quieren una actriz norteamericana». Janet Margolin, que venía de hacer la primera versión de «David y Lisa». Recuerdo cómo me quedé con el teléfono en la mano. «Yo los quiero mucho, estoy contenta que Babsy filme de nuevo, pero esa película nunca va a ser un éxito». Esas cosas de chica, que dice lo que le sale del alma. Beatriz se reía. «¡QuéAdrianita ésta!Y no tuvo éxito. Aunque al final me dieron una participación, porque hice el doblaje de la actriz norteamericana.


P.:
Y así la perdimos.

A.B.: ¡Pero si vengo una vez al año! Sigo en EE.UU. como profesora de literatura latinoamericana, ahora con una columna semanal en un diario, me mudé a Miami con mi mamá, por allá está mi hijo, que es financista, pero vengo una vez al año, a visitar a mi hija Ingrid.


P.:
¿Y la cátedra en la Universidad Nacional Autónoma de México?

A.B.: En México, antes que se me pase, le cuento una cosa linda que vi hace unos pocos años. Estaba Carlos Menem en el estrado de la Universidad, dando una charla, y por un costado de la sala entró Libertad Lamarque. Ya flaquita, chiquitita. La gente la reconoció y empezó a moverse. Otro cualquiera hubiera tratado de seguir con su conferencia, muy serio, pero Menem, que es vivo, se dio cuenta, interrumpió su discurso, y la hizo subir al estrado, «a compartir escenario». ¡Qué ovación tuvieron los dos!


Entrevista de Paraná Sendrós

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