El amo sabe perfectamente lo que el criado intenta a sus espaldas y se adelanta a cada una de las actitudes rebeldes, sin siquiera enfrentarlo. Tan seguro está de su dominio. No golpea a su sirviente; no es necesario y aunque lleve una cartuchera ceñida en torno a su cintura, las balas son sólo una amenaza, lo mismo que el látigo que cuelga de la puerta. El desprecio le basta.
El miedo paraliza al sometido, que sin embargo desearía ejercer el mismo dominio que su amo y sería capaz de asesinarlo, si no fuera porque éste, adelantándose a su deseo, ha separado el astil del hacha que aparece en el centro de la escena. De modo que cuando el siervo intenta empuñarla, sólo se queda con el mango en la mano.
Toda la acción se desarrolla sin que ninguno de los dos articule palabra, pero la risotada interna del verdugo se siente, aunque éste no demuestre ni siquiera con un gesto que es absolutamente consciente de todos los fallidos intentos de liberación que el pupilo lleva a cabo. Por algo es el tutor. Es más astuto y siempre está un paso más adelante.
Las caracterizaciones revelan los diferentes caracteres, mientras la tez rubicunda del amo, su actitud prepotente y la violencia reprimida que lo asemejan a una fiera, reflejan una bestialidad sádica; la blandura del criado, su mirada huidiza y la lentitud de sus acciones delatan su debilidad.
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