Transita por carriles habituales la ultima edición aliancista del Festival municipal de cine. Las mismas caras de siempre, las típicas ponencias reclamando mayor subsidio estatal, y el mixto de películas experimentales, bizarras, progres, pro-gays, clásicas y hasta algunas populares, en cantidades ostentosas, todo al mismo tiempo (pero con la entrada al doble que Mar del Plata).
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Lo más divertido pasó en la inauguración, cuando Aníbal Ibarra fue a hacerse campaña de intendente sensible y lo escrachó una manifestación de desalojados. A tono con el lugar, un panfleto anunciaba «una producción de la barra de Ibarra, filmada enteramente en escenarios naturales. Cientos de casas de familias que por toda la ciudad cedieron su hogar para esta película», y abajo, el conocido logo «Auspicia Gob. BsAs».
En fin, buen humor argentino, como el que debieron soportar los invitados que, tras los discursos oficiales, apenas recibieron una muestra gratis de helado (nada sólido para equilibrar el aperitivo al que convidaban unas lindas promotoras de ojos claros y mirada intensa). «Esto de invitar a la gente y dejarla con el estomago vacío, nunca hubiera pasado con el anterior subsecretario de industrias culturales Ricardo Manetti», dijo uno, públicamente. «Cierto, pero después Manetti tardaba exactamente un año para pagar algunas cuentas. Cuando debía contratar de nuevo el servicio, recién se acordaba», respondió otro. Quién sabe como será el año próximo. Por lo pronto, seria bueno pasar el registro del escrache a Ibarra.
Más políticos, esta vez del Mercosur. El guionista y director Orlando Senna, devenido funcionario del actual gobierno brasileño, sostuvo allá y lo repitió acá, que «la idea del cine nacional como una industria es falsa. Las películas nacionales son, básicamente, un bien cultural». Lo que sirve para justificar películas hechas a fondo perdido con dinero publico, y oscurece los conceptos de industria cultural y de entretenimiento. Mejor fue ver en pantalla a otro funcionario (cuando todavía no lo era), el hoy ministro de cultura Gilberto Gil, haciendo de guía en «¡Viva Sao Joao!», un lindo documental sobre músicos populares nordestinos, donde el hombre canta forrós y viejos baiones con los lugareños, sin insertar, en toda la cinta, la menor frase de intención política, ni mucho menos partidista. En cierto sentido es una película de campa-ña, pero de alto nivel.
Superando el mero nivel televisivo de la mayoría, otros documentales musicales a tener en cuenta son «Polígono Sur», sobre el flamenco en una suerte de barrio bravo, «Marta Argerich, conversación nocturna», retrato suizo de placentero humorismo, y, el mejor de todos, «Cuore napoletano», ingenioso, divertido, emotivo, y escombrero, como son los napolitanos.
Para hoy se anuncia uno local, «Yo no sé que me han hecho tus ojos», sobre la cancionista Ada Falcón, que en pleno éxito se retiró a un convento, y murió el año pasado, ya nonagenaria. La película empezó a prepararse hace tiempo, con el especial impulso de Julio Márbiz desde el INCAA, pero recién se terminó ahora, sobre la fecha, ya que una cosa son los impulsos oficiales, y otra es la concreción de los créditos oficiales.
En las mismas condiciones, es decir sobre la hora y con la lengua afuera, están llegando otras cintas locales, como la arriesgada (algunos la consideran semipornográfica) «Hoteles», de Aldo Paparella, el director de la escuela de cine Cievyc.
Un alumno de esa escuela, Ezequiel Acuña, pisó fuerte en la competencia oficial con su opera prima, «Nadar solo», buena pintura de adolescentes. Sus rivales más fuertes hasta el momento son tres que ya venían pintando como favoritos desde lejos: el mexicano y placentero «Japón», donde alguien encuentra razones para vivir, el brasileño «Madame Satá», sobre un negro carioca que en los '30 no daba para malandro ni se decidía del todo para «bicha» (lo que recuerda un viejo chiste sobre los arquitectos), y el palestino «Las bodas de Rana», que los snobs insisten en anunciar como «Rana's Wedding». Con esa costumbre de imponerle títulos en ingles a las obras de cualquier otro origen, por lo demás fácilmente castellanizables, un día de estos en el Colón van a anunciar «Swan Lake» en vez de «El lago de los cisnes». Así de ridículo suena.
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