Franzen intenta arrojar una mirada crítica e iconoclasta sobre la sociedad americana, criticando su desmedida obsesión por el éxito y el dinero, burlándose de su puritanismo e hipocresía o de su torpe manera de soportar el fracaso mediante drogas antidepresivas. Pero con esta fórmula, tantas veces repetida, la novela se termina pareciendo más a un guión de cine, al estilo de «Belleza americana», que a los modelos literarios con que se la ha comparado (Tom Wolfe, Philip Roth, John Irving). Incluso, el abanico de situaciones tragicómicas que ofrece la trama está demasiado fragmentado como para sostener alguna idea que trascienda las experiencias vividas por los Lambert. Alfred, el padre, es un ingeniero retirado que debe lidiar con un Parkinson terminal y con su mujer Enid, que está harta de su hosquedad habitual y de tener que cuidarlo ahora como a una criatura. En cuanto a los hijos, Chip, Gary y Denise, los tres comparten varios rasgos básicos del americano típico: inmadurez emocional, desorientación a la hora de elegir pareja sexual y gran desconocimiento del mundo exterior vivido prejuiciosamente como tierra de bárbaros (buen ejemplo de ello es el viaje de Chip a Lituania en plan de negocios). Dentro de este esquema los personajes resultan interesantes no por sus complejidades sino por los problemas en que se van metiendo. Algunos capítulos son, sin duda, amenos como el episodio en el que Chip pierde su cargo en la Universidad por acostarse con una alumna, el affaire de Denise con la mujer de su jefe o la guerra de nervios que libra Gary con su dominante esposa. Por lo demás, la novela cae en agotadoras digresiones (sobre fármacos, política exterior y otros temas) que enfrían notablemente la tensión generada por los conflictos afectivos de esta familia. Habrá que ver si en su futuro traslado al cine por el director Stephen Daldry («Billy Elliot»), el libro de Franzen logra por fin su objetivo de pintar el mundo desde la propia aldea.
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