Graciela Maglie, habitual coguionista del
desaparecido cineasta Eduardo Mignogna,
se refirió a estos trabajos.
Las famosas miniseries de Eduardo Mignogna «Desafío a la vida: discapacitados», y «Horacio Quiroga, entre personas y personajes», y los especiales «Mocosos y chiflados» y «Cartoneros de Villa Itatí», que hicieron época pero nunca habían vuelto a verse, reaparecen ahora, gracias al Museo del Cine, en un ciclo gratuito que se inició la semana pasada en el Colegio de Abogados (Corrientes 1441) y continúa todos los miércoles. Sobre estos trabajos, dialogamos con la coguionista habitual del fallecido realizador, Graciela Maglie.
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Periodista: ¿Por qué esas obras tuvieron tantos problemas para difundirse en su momento?
Graciela Maglie: Es que entonces no había producciones independientes, así que estábamos fuera de la grilla de los canales, y de su mundo. No nos daban fecha fija, nos mezquinaban segundos de publicidad, pasábamos de un canal a otro. Encima «Quiroga» coincidió con una campaña electoral, creo que por renovación de cámaras, por lo cual sufríamos un maltrato terrible. Por ejemplo, anunciados a las 22, nos pasaban a las 24, o directamente a otro día. Fue muy duro.
P.: Al mismo tiempo eran muy elogiados.
G.M.: Eramos tan jóvenes que nos animábamos descaradamente con temas de los que nadie quiere hablar, ni siquiera hoy. El productor, Jorge Garber, ya fallecido, nos daba ejemplo de lucha desde su silla de ruedas. Gracias a él tuvimos mucho asesoramiento, mucho apoyo de discapacitados que empezaban a pedir rampas, etcétera. Pero no encontrábamos sostén económico. Mignogna generaba una mística, los actores trabajaban por cifras simbólicas, pero nunca nos cerraban las cuentas. De nueve programas, sólo pudimos hacer tres, a lo largo de dos años.
P.: ¿Cómo se incorporó usted al equipo?
G.M.: Primero, investigando durante meses aspectos médicos, segregación, zonas profundas muy íntimas, dolorosas, por ejemplo cómo vivía un joven recién casado que por un accidente quedó lisiado. Cuando entregué mi informe, Mignogna y Santiago Oves me dijeron «Graciela, esto ya es un libreto. Quedate con nosotros».
P.: Después vino «Mocosos y Chiflados», sobre las murgas.
G.M.: Sí, dentro de un ciclo de cultura popular impulsado por Pacho O'Donnell, donde también participaron Juan José Jusid, Bebe Kamin y Alberto Fischerman. Un día Rubén Stella nos presentó a su tío Carmelo, que de joven había sido no recuerdo si de Mocosos o de Chiflados de Liniers, y Carmelo nos presentó a Lauchín y Tarantela. Y esto excede la ficción: ¡a partir de ese encuentro renació la murga, y tuvo notables presentaciones a lo largo de muchos años! Y a Mignogna lo nombraron padrino murguero. También estaba Hugo Soto, como el chico que de niñito la madre no lo dejaba entrar en la murga.
P.: Luego, la serie «Misiones, su tierra y su gente», que el Museo del Cine dará el año próximo.
G.M.: Registramos gente extraordinaria ¡La maestra que cruzaba remando hasta donde la esperaban los chicos! ¡La maestra jubilada, de 91 años, que cuando llegó, todavía adolescente, tenía los pumas alrededor de la escuela! Cuando fuimos, el ministro de Salud y Educación era Sabato Romano, que nos apoyó muchísimo, estaba feliz, y desgraciadamente murió muy joven. Fue él quien nos propuso hacer una miniserie centrada en la etapa misionera de Quiroga, y en los cuentos ambientados en la provincia. Ni le cuento lo que fue escribir el guión, y filmarlo. Una vida tan paroxísticamente cinematográfica que parecía inverosímil. Siendo un bebé de pecho, el padre, que volvía de caza, tropezó y se mató con la escopeta delante de la madre, que del susto soltó al chico que tenía en brazos. Así arranca su vida. Después el padrastro se queda parapléjico, sólo puede mover el dedo gordo del pie, y con ese dedo gordo se las ingenia para matarse de un escopetazo. Esto Horacio lo ve. Y son solo las dos primeras muertes que habrá alrededor suyo. Por supuesto, representamos una sola de todas ellas.
P.: Y esa filmación fue accidentada...
G.M.: Nos pasó de todo: vimos la famosa víbora de coral, arañas inmensas, inundaciones terribles, había 50 grados de calor. ¡Nos poníamos hielo en la cabeza! Recuerdo que Sofía Viruboff encarnaba a Egle, una hija de Quiroga, de la que teníamos una foto muy linda. Un día hicimos, en la propia casa de Quiroga, una reconstrucción minuciosa de la foto. Sofía quedó idéntica a la foto. En eso llega un viejito. «Me dijeron que están filmando la vida de Quiroga, yo fui su yerno, ¿puedo pasar?». En su juventud había sido el marido de Egle. Cuando este hombre vio, así de pronto, esta reconstrucción fantasmal que habíamos hecho, se puso pálido. Por varios minutos no pudo hablar. Otros viejos, en cambio, se nos acercaban para contarnos su impresión sobre Víctor Laplace, que estaba igualito (e hizo uno de los mejores papeles de su vida), pero unos decían que el verdadero Quiroga tenía un carácter insoportable, y otros en cambio que era el hombre más dulce que habían conocido en su vida. Víctor los escuchaba a todos.
P.: «Cartoneros.» ya es otra cosa, más cercana.
G.M.: Villa Itatí fue el último paraíso elegido por Mignogna. El iba a comer asado con ellos los fines de semana. Les regaló una cámara para que registraran sus logros como cooperativa, les consiguió una camioneta. Pero jamás nos mencionó lo que él les daba, al contrario, siempre hablaba de lo que aprendía con ellos. Es decir, los cartoneros, el padre Coco, y Cecilia, una monja coreana. Es la monjita que aparece rodeada de chicos en una escena de «Cleopatra», con Natalia Oreiro. Todo eso también formaba el mundo de Eduardo Mignogna.
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