Rigurosa investigación sobre hecho real lleno de enigmas

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«La chica del sótano. La historia de Natascha Kampush» de Allan Hall y Michael Leidig. Editorial Océano. Barcelona, España. 2007. 201 págs.

El secuestro de Natasha Kampusch alcanzó difusión internacional en agosto de 2006, cuando su protagonista, una joven austríaca de 18 años, pudo liberarse de su captor tras ocho años de forzada convivencia. Los periodistas Allan Hall y Michael Leidig siguieron el caso desde sus comienzos, analizando todas las pistas oficiales y extraoficiales y reuniendo una gran cantidad de testimonios. No todos tienen el mismo valor, pero dado el hermetismo que rodeó al asunto tras la fugaz aparición mediática de su protagonista, hay que reconocer que los autores de «La chica del sótano» realizaron una investigación muy exhaustiva.

Aún así, lo más interesante de este libro no son sus más bien escasas «revelaciones», sino la rigurosidad con que ambos periodistas se ocuparon de analizar los hechos. Se dijeron muchos disparates al respecto y la aparición de Kampusch en un programa de la televisión austríaca, apenas quince después de su fuga, sólo contribuyó a empañar su imagen. Llamó la atención que demorara el reencuentro con sus padres y mucho más que hablase con respeto -y hasta con cierto cariño-de su carcelero.

Apenas se conoció la noticia de su liberación fue tratada como una heroína, como un ejemplo de supervivencia y triunfo de la voluntad. Había sido raptada camino a su escuela primaria por el técnico en comunicaciones Wolfgang Priklopil, de personalidad retraída y muy apegado a su madre. El mundo entero se vio conmovido por la terrible experiencia sufrida por Kampusch. Era la aventura de una niña de diez años que no sólo había podido adaptarse a vivir encerrada en un sótano, sino que además había logrado imponerse a las veleidades pigmaliónicas de su captor. Todos quedaron deslumbrados ante la inteligencia y la valentía de esta obstinada joven que aprendió a manipular a su carcelero sólo para ir ganando pequeñas dosis de libertad hasta su huida final. Esta trama novelesca, tan parecida a «El coleccionista» de John Fowles (que dio origen a la película del mismo nombre dirigida por William Wyler y protagonizada por Terence Stamp y Samantha Eggar), dio un giro inesperado cuando una publicación alemana acusó a Kampusch de haber visitado un centro de ski junto a Priklopil y de haber salido de compras con él en varias oportunidades. Antes de cumplirse un mes de su auto rescate los periódicos austríacos y las páginas de Internet se llenaron de cartas de odio y opiniones airadas que acusaban a la joven de impostora: ¿Qué tipo de relación la unía al hombre que le robó su niñez? ¿Por qué no había escapado antes? ¿Por qué la afectó tanto el posterior suicidio de él?¿Su familia conocía al secuestrador, aunque sólo fuera de vista?.

Aunque lo niegue, Kampusch presenta todos los síntomas del llamado síndrome de Estocolmo agravados por el hecho de haber convivido con su secuestrador en una etapa de vida particularmente delicada. Todo esto hace que sus escasas declaraciones públicas sigan aún bajo sospecha hasta tanto no brinde una versión completa de los hechos.

En líneas generales, Hall y Leidig defienden su condición de víctima, pero le critican sus aires de prima donna e insisten en que para bien de todos («el informe detallado de los hábitos y deseos de su secuestrador no tendría precio para la medicina»), debería aportar los datos que faltan. Apenas saltó a la fama, Kampusch recibió ofertas millonarias por parte de editoriales, medios periodísticos y hasta de productores de Hollywood que quieren llevar su historia al cine. Por ahora, «La chica del sótano» sigue atrincherada detrás de un impenetrable séquito de abogados, psicoanalistas y asesores mediáticos.

Patricia Espinosa

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