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7 de septiembre 2004 - 00:00

Robirosa, testigo de lo desconocido

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«Sin título» (2003) de Josefina Robirosa, que se exhibe en su actual muestra de Espacio, donde alcanza una excepcional madurez artística.

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Hay, para ella, una realidad externa que debe ser observada desde lo interior, más allá de sus apariencias. La meditación armoniza la mente y el cuerpo pero, además, en sus obras articula la expresión de lo creativo. Nos encontramos así con el sujeto débil posmoderno sobre el que tanto ha reflexionado el filósofo italiano
Hace algunos años, al reflexionar sobre su obra, postulamos cinco etapas como progresión de un discurso interior, de un diálogo entre ella y el mundo exterior. El primer período de su obra, iniciado en la década del '50, está vinculado a la abstracción, aun cuando la geometría suele entrar en sus óleos, tintas y monocopias, como paisajes. Pero en sus figuras abstractas ya se advierte que la artista busca articular formas y paisajes para fundar un universo propio.

A mediados de la década del '60, en un segundo momento, la búsqueda de
En su tercera etapa, el Universo se condensa en el paisaje natural, que termina por ocupar la obra. En la secuencia siguiente, su tema es la Naturaleza: bosques o fragmentos de realidades naturales realizados con un cuidado trabajo del color y la pincelada. A mediados de los años '90, se destaca la liberación de lo figurativo. Expone los cuatro elementos, agua, aire, fuego y tierra, bajo una luz radiante, y en un espacio poético propio.

A partir de 2002, la artista es miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes. En ese año también expuso en la muestra del Proyecto Golem, en Praga y Buenos Aires (MNBA). Su obra condensaba la expresión visual del misterio, vinculado al relato tradicional de

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