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8 de febrero 2002 - 00:00

Rohmer viaja a los tiempos de la Revolución Francesa

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Eric Rohmer

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Si la filmografía de
Da igual que en ocasiones la larga maduración de sus guiones se vea reemplazada por impulsos, que los ensayos alguna vez hayan cedido el paso a una relativa improvisación, que su ligero equipo de rodaje no desdeñe de tarde en tarde la cámara de 16 mm. Incluso el excepcional abandono del presente y del entorno local -parisino o provinciano, laboral o de vacacionesno supone una variación sustancial de su estilo, pese a coincidir siempre con adaptaciones de obras literarias preexistentes -en lugar de historias originales, a menudo concebidas en series de películas que son variaciones sobre un mismo tema-, y ahí están para probarlo tanto



Se ha definido su manera de encuadrar y filmar como «abrir una ventana»; a lo sumo, como mirar a través de su cristal, sin que éste se note. Mueve la cámara con tal funcionalidad, siempre al servicio de los actores y de su visibilidad para el espectador, que parece como si permaneciese quieta. Su tendencia al orden y a la claridad explica que parezcan sencillas e incluso fáciles de hacer películas sumamente complejas, de cimientos y armazón tan sólidos como invisibles, y que, a pesar de sus abundantes diálogos, nada tengan de literarias, menos aún de teatrales.

Cualquiera que conozca, además de sus económicos largometrajes -que no parecen «pobres», pero nada derrochan y cuyo costo es siempre muy inferior a los ingresos que le procura multitud de públicos minoritarios en todo el mundo-, sus cortos y sus trabajos televisivos, y más aún, sus escritos, tanto sobre cine (más allá de su labor crítica en

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