Un despacioso, intimista drama poético, hecho de silencios, miradas lejanas, diálogos levemente separados del naturalismo, y situaciones discretamente sugeridas, que se van volviendo cada vez más inequívocas, a medida que la historia va pasando desde la calma vaguedad del campo a la agitada selva del conurbano, hasta cerrar todo en otro lugar y en otro tiempo, o mejor dicho ascenderlo todo, hacia otro lugar, otro tiempo, y otros sentimientos.
La película no llega a emocionar en forma directa, pero toca varias fibras. Podría discutirse la necesidad de darle el final que tiene (aunque fue un final semejante, el que la autora leyó en una página de policiales, y la empujó a hacer la película) y su duración, que es normal, pero no para espectadores ansiosos.
La historia, inspirada en un suceso real, es la de un muchacho sin mayores lazos, medio marginal, que afectuosamente se fue haciendo cargo de un bebé descuidado por sus verdaderos padres. De a poco se va dando entonces el contacto entre el joven venido del otro lado del río y el niño, de a poco también se va revelando el carácter a veces violento del padre insatisfecho, y el paulatino ensimismamiento de la madre, una norteña que alguna vez entrevió la vida familiar como algo hermoso. Agria ironía, esa gente vive de hacer dulces, pero la fruta quedará pudriéndose en el suelo.
Especie de hermano mayor, el protagonista salvará al niño, soñará con su abuela vieja, despertará al agotador encuentro con la realidad suburbana, y terminará cruzando otro río, a la villa, mal acompañado por un chico marginal bien intencionado. Aquí ya hay otro ritmo, el tono cambia, pero no el cariño. Aunque arriesgando la anécdota,
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