Show casi sin clichés reabre Los Angelitos

Espectáculos

El tango es, sin dudas, una de las «marcas país» más fuertes y que más interés produce sobre los visitantes extranjeros. No es extraño, entonces, que sean cada vez más casas de tango que se abren en Buenos Aires. Claro que, en este caso, estamos hablando de un lugar muy especial, puesto que se trata de la emblemática esquina de Rivadavia y Rincón, que forma parte entrañable de la historia de nuestra ciudad. Nada queda del viejo «Café de los Angelitos» de Gabino y Cazón que conociera Carlos Gardel (dicen que allí firmó su primer contrato con Razzano) y que albergara al tango de José Razzano y Cátulo Castillo.

Ahora es una moderna edificación de dos plantas con un bar restaurante al frente y con un salón para shows en el fondo, donde acaba de estrenarse un espectáculo dirigido por los bailarines y coreógrafos Nicole Nau y Luis Pereyra. «Café de los Angelitos. El tango» responde, en buena medida, al tipo de shows armados para el turismo, con la clásica sucesión de distintos números tocados, bailados y cantados en formato de revista. Pero hay que decir también que se han evitado, felizmente, muchos de los clichés habituales, en el repertorio y, fundamentalmente, en el planteo estético, por lo que el resultado es un espectáculo destinado a turistas menos convencionales y también a los argentinos que conocen muy bien el género.

El eje está, por supuesto, en el baile. Cinco parejas -además de los directores- pasan por distintas épocas del tango, desde lo más antiguo hasta Astor Piazzolla. Pero hay aquí mucho «pie en el piso» que, sin dejar de ser tango de escenario, evoca lo que sucedía -y aún sucedeen las milongas de amateurs. Por su presencia, por sus coreografías, Nau y Pereyra sobresalen del resto, pero sus compañeros redondean un grupomuy atractivo. La parte instrumental está a cargo de un sexteto típico, dirigido por el violinista Pablo Aznares, que sostiene musicalmente casi todo el show. Y vale la pena destacar el dúo del bandoneón de Matías Rubino y el violín de Aznares para una muy buena versión de «Gallo ciego».

También se suma un cuarteto de señoritas, que evoca, en su sonido y en su repertorio, los primeros tiempos del tango. Las voces son las de Nora Roca (medida, prolija, profundamente tanguera; destacada en su interpretación de «Yuyo verde») y de Guillermo Galvé (quien en la noche de estreno para la prensa, fue reemplazado con toda solvencia por Luis Filipelli).

En cuanto a sencilla puesta, en un escenario que por su tamaño no permite grandes despliegues, es excelente el trabajo de luces, video y tramoya; tanto que sirve para imaginar escenografías, mover a músicos y bailarines por distintos espacios y trasladar al público por lugares imaginarios del pasado de la ciudad.

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