En el espléndido salón principal del PalaEcio Errázuriz (actual Museo Nacional de Arte Decorativo) resonaron las 40 voces del Coro de Adrogué, agrupación que le ha dado un gran prestigio al país. En Austria participaron del XIII Concurso Internacional de Coros «Franz Schubert», donde ganaron el Primer Premio en la categoría coro mixto y el Premio Especial «Blagus International», otorgado por un jurado de seis prestigiosos maestros a la mejor interpretación de la obra impuesta sobre 30 coros participantes. También fueron escuchados en la Konzerthaus de Viena.
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El año pasado, el coro participó en la Olimpíada Coral Linz 2000, representando a la Argentina en la dura competencia austríaca, donde debió lidiar en calidad y preparación con 352 coros llegados de 60 países diferentes. Obtuvo finalmente una medalla de oro y tres de plata.
Al escucharlo se comprende inmediatamente que los premios no son un regalo; es la compensación de la disciplina y la sincera vocación. Sabemos que para hacer esos viajes que resultaron triunfales, cada coreuta pagó sus pasajes y gastos de estadía. Muchos de ellos se endeudaron a punto tal que este año no participan de concursos extranjeros.
Sus integrantes son cantantes formidables. El equilibrio de los registros es perfecto; cuando hacen las esfumaturas al oyente se le corta la respiración, y en la alternancia o cruces de voces se nota una preparación sólida y un acabado de las obras hasta en los mínimos detalles. En este concierto nos llevamos una impresión más que grata, y la admiración fue en aumento en la medida en que la ductilidad del conjunto se manifestaba en el sonido y la modulación propia de cada época y estilo.
Desde la antigüedad, con Jacques Arcadelt y su delicado «Il bianco e dolce cigno», hasta el romanticismo de Johannes Brahms con «In Herbst» Op. 104 N° 5 o la bellísima canción de Schubert solo para voces masculinas.
El director Marcelo Ortiz Roca consagra con este coro su sólida formación profesional, experto en fonética alemana, francesa e inglesa; ejecutante de corno y discípulo en canto del legendario Angel Matiello. Honró a Roberto Caamaño con dos Salmos y llegó a las fronteras de la perfección con el difícil «Canto de los querubines» de Krzysztof Penderecki.
El pianista José Luis Eleicegui acompañó canciones de Carlos Guastavino y de Randall Thompson superando la incomodidad de un inexpresivo piano electrónico.
Fue una excelente velada musical y un acto cultural impecablemente organizado.
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