La sensación de volver a un teatro en pandemia no es muy diferente de la de ingresar a cualquier lugar donde se solicita la firma de una declaración jurada, se toma la temperatura y se insiste con esperar con distancia respetando las líneas amarillas sobre el suelo. Como en las escuelas, donde los alumnos se adaptaron rápido a la modalidad de burbuja con pocos compañeros, distancia y obsesión por el alcohol en gel, en los teatros el público se amolda a las reglas con pocos espectadores y se entrega con entusiasmo a la ficción, tras un prolongado encierro.
Corrosivo Roberto Arlt, con barbijos y distancia
La obra volvió al espacio de El Callejón, primera sala independiente en reabrir. La experiencia de la pandemia es incorporada a la versión actual.
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Escritor fracasado. La directora Marilú Marini, con Diego Velázquez.
El Callejón, primera sala independiente que abrió cuando se habilitaron los teatros, dispone las sillas de manera diferente según cada función y acorde a los grupos que asistan. A diferencia de plateas con filas de butacas estáticas que ubican a los asistentes a modo de damero (libres a los costados, adelante y atrás de los presentes), la platea se conformó con sillas individuales para quienes fueron solos o en grupos de dos, tres o cuatro. El aforo de 30% permitió al Callejón un máximo de 25 butacas, que desde que abrieron siempre estuvieron llenas.
La función de “Escritor fracasado” de Roberto Arlt, adaptada por Marilú Marini, quien también dirige, junto a Diego Velázquez, su protagonista y mentor, está iniciada cuando ingresa el público. Velázquez como un alter ego de Arlt, juguetea y busca complicidad con el público, en tanto aprovecha para pedir ya no sólo que apaguen los celulares sino que no se quiten el tapabocas durante toda la función. Ya no se trata, como antes, de que algún molesto desenvuelva un caramelo, sino que no haya toses indeseables, hoy más peligrosas. Y acaso como nuevo ritual, la obra arranca con un largo aplauso inicial por la vuelta del teatro.
La puesta de Marilú Marini juega con el teatro dentro del teatro y deja ver los hilos de este actor que esa noche se dispone a encarnar al escritor fracasado, basado en el cuento de Arlt publicado en el libro “El jorobadito”. Pese a ser de 1933, el texto es vigente. Sobre la idea de adaptar el relato, Diego Velázquez contó a este diario: “Cuando hacía la serie ´Los 7 locos´ para la TV pública y releí a Arlt me encontré con este cuento que no conocía y me pareció actual. Es directo, irónico y crudo. Al consultarlo con otras personas, pocos lo conocían, así que creí que era un material posible de llevar a escena, además escrito como monólogo. Marilú, que no había dirigido nada, era ideal porque tenía mucha experiencia sola en escena y yo quería alguien que me diera herramientas actorales para el unipersonal y no sólo un puestista o director de escena”.
Velázquez atraviesa múltiples estados entrando y saliendo del personaje, con el cuerpo como vehículo para confirmar o contrastar el texto. Por caso, cuando queda atrapado entre cortinas de plástico y deambula como un fantasma, esa imagen se vuelve más potente de lo que el texto describe sobre el sentir de esta criatura y su obsesión por aparentar. Este entrar y salir aporta comentarios breves pero chispeantes por fuera de la ficción que aluden al presente de pandemia o burlas del tipo ¨Marilú, tan grande ¿para qué se pone a dirigir ahora?¨. En otro momento el público aplaude pero Velázquez advierte que no es el final, sin embargo, con esa inseguridad que caracteriza al personaje, pide permiso para continuar y ofrece al público la opción de terminar ahí.
El narcisista y ególatra autor que compone se apoya en la vanidad de mirarse al espejo, engominarse, cortarse las uñas o ponerse un traje, y como reverso recurre durante a un pañuelo con el que seca su sudor y otros líquidos corporales. Desopilante la escena sexual en la que su goce está puesto al servicio de quién sino él mismo, y un éxtasis que muta a una inconmensurable soledad. Tal estado se extiende a la mirada corrosiva sobre el campo intelectual que propone la obra. En la trama sobrevuelan los vínculos entre la figura del escritor y los modos de circulación de la obra de arte, que además resuenan en el presente.
Al respecto Velázquez expresó: “Este texto me sorprendió por la descripción del mundillo del arte, la cuestión de la comercialización del arte, los lugares que se empiezan a ocupar en esos circuitos. No podía creer que hace 100 años ya estaba todo podrido. Arlt se refiere a los estrenos de teatro o reuniones con otros escritores para poder hablar mal de colegas, sembrar ideas falsas en los otros en relación al trabajo, decir que están escribiendo o ensayando proyectos inexistentes. También aparece eso de que el otro es el que marca el camino a seguir”.
Para anestesiar el dolor se vale de pastillas y, como una máquina, vuelve a empezar su relato, aunque nunca haya podido dar el siguiente paso más allá de su único éxito literario para convertirse en un derrotado. ¨No es un personaje de los que uno está acostumbrado a leer en Arlt, es torturado y oscuro pero trata de disimularlo y tiene otras ambiciones”, resume.
La obra se vio en el Salón Dorado del Cervantes y pasó al Callejón a principios de año, con un fondo de ladrillos que la sacó del lugar conocido. El público de teatro también tuvo que salir de lo conocido para ingresar en una nueva normalidad en la que no puede haber conglomeración ni reuniones en la antesala del teatro. Ese espacio siempre fue valorado por Javier Daulte, dueño de El Callejón, como el de la tertulia. Cuando se le pregunta si esa tertulia terminó con el virus, dice que se trasformó, igual que la realidad: “La pandemia amplificó todo como una lupa, lo bueno y lo malo”.



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