En enero de este año, cuando aún existían las fiestas a cara descubierta y la sociedad sin distancia, un insolente comediante inglés, Ricky Gervais, les hizo pasar el peor momento de sus vidas a las estrellas invitadas a los Globos de Oro, y el mejor momento a los millones de espectadores que miraban por TV la ceremonia (quienes no lo hicieron, enterados al día siguiente de lo que había ocurrido, corrieron a verla en YouTube).
Gervais, anfitrión de esa entrega de premios de la Prensa Extranjera en Hollywood -segunda en importancia y fatuidad después de la de los Oscar-, incomodó a casi todos con sus bromas pesadas, y sin dejar de señalar nunca que sólo se trataban de eso, bromas. Hasta llegó a decir que ninguna estrella, tan proclives a las proclamas libertarias a la hora de recibir su premio, tendría problemas en trabajar para el Isis si recibieran buena paga, o que el año anterior había sobresalido el género de los films sobre pedofilia por títulos como “Leaving Neverland” (el documental sobre Michael Jackson) y… “Los dos Papas”. Jonathan Pryce estuvo a punto de levantarse e irse.
Fueron muchos los que recién entonces descubrieron a Gervais, nacido hace 58 años en un suburbio de la ciudad de Reading (donde está la prisión en que encarcelaron a Oscar Wilde), creador e intérprete de las series “The Office” (2001) y “Extras” (2005). En el curso de aquella ceremonia, Gervais no dejó pasar la oportunidad de publicitar su nueva producción, que había saltado la valla de la BBC y llegado a Netflix. Y también lo hizo a la manera de broma pesada: “En estos momentos”, dijo a los televidentes “ustedes podrían estar viendo la historia de un hombre depresivo, que ha perdido a su mujer, muerta por un cáncer, y que no logra salir del duelo. Créanme: se divertirían mucho más que con los Globos de Oro”.
Pero, una vez más, no era broma: “After Life”, que de esa serie se trata, está protagonizada literalmente por un personaje de esas características, Tony (a quien interpreta el mismo Gervais), que se las arregla a la perfección para que el espectador ría, y en algunos casos ría mucho, con una trama que, de haber sido hecha en el Hollywood de hoy por otro equipo, otros guionistas y otro director, sería rotulada en la grilla de Netflix como “Dramas sombríos para emocionarse”.
En cambio “After life”, cuya segunda temporada acaba de estrenarse, puede emocionar al espectador, claro que sí, pero de drama sombrío no tiene nada. En la tradición más pura de la mejor comedia inglesa, acentuada en este caso por el humor vitriólico y a la vez tierno de Gervais, la muerte está incorporada a la vida y no es el término de ella: con la muerte de Lisa no finaliza la historia sino que recién empieza. Para Tony, el mundo sin Lisa es un mundo incomprensible, irreversible, donde ni siquiera está contemplada la opción de “rehacer la vida”, como pretenden los psicólogos y los dramas sombríos de Hollywood pero de vertiente optimista.
Es en ese mundo, exactamente el mismo de antes pero sin Lisa, donde transcurre la serie. Ese mundo que nadie mejor que Borges describió en el comienzo de “El Aleph”: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”.
En lugar de la Plaza Constitución, el mundo de “After Life” que sigue cambiando sin Lisa es el de la pequeña comunidad residencial de Tambury (un lugar ficticio; la serie fue rodada en Hampstead, en los alrededores de Londres), donde Tony trabaja como redactor en “The Tambury Gazette”, un periódico gratuito de información local cuyas noticias más resonantes son la aparición de un adolescente obeso que toca dos flautas con ambas narinas, o un padre de familia que de la noche a la mañana empieza a autopercibirse como una chica de 8 años. Puro humor Gervais.
La opinión que le merece al autor de la serie el psicoanálisis queda clara con el desopilante personaje de Paul Kaye, primero el terapeuta de Tony y más tarde de su cuñado; un tipo que se aburre de lo que le cuentan sus pacientes, se pelea en Twitter en el transcurso de las sesiones, y es un maniático sexual. En cambio la palabra liberadora está en otro lugar, lejos de un diván. Las mejores escenas de “After Life” (y es difícil determinar cuáles son, habiendo tantas) ocurren en el pequeño cementerio de Tambury, donde la tumba de Lisa es vecina de la del esposo de Anne (Penelope Wilson, “Downton Abbey”, “The Guernsey Literary”), una viuda de mirada calma y palabra sabia que traba amistad con él.
Los encuentros de Anne y Tony se vuelven regulares, y las conversaciones entre ambos más esenciales para el desarrollo de la historia. Y aquí se puede hacer un paréntesis para exponer uno de los dilemas con los que los buenos guionistas enfrentan cada tanto en su profesión, y la forma en que Gervais lo resolvió. En uno de esos encuentros, sentados en su banco de siempre, frente a las lápidas, Anne le pregunta si conoce la fábula de la rana y el escorpión; él dice que no, y entonces ella se la cuenta.
El espectador que tiene un poco de cine a sus espaldas se sobresalta: ¿cómo es posible que un guionista experimentado y tan poco afecto al lugar común, como Gervais, relate de nuevo la misma fábula que Orson Welles contó hace 65 años en el film “Mr. Arkadin”, y que desde entonces reiteraron decenas de películas, como “El juego de las lágrimas” y tantas otras?
Anne, mientras él escucha con interés y nosotros con paciencia, desarrolla su relato. A su término, Tony sonríe, le dice que sí, que aguijonear forma parte de su naturaleza, que no lo puede evitar, pero ella lo interrumpe: “No, vos no sos el escorpión. Vos sos la rana, es a vos a quien aguijonean siempre”. Y ahí cambió todo: es un gambito de guión, como en el ajedrez: Gervais sabe que a veces es necesario sacrificar una pieza, someterse a un lugar común, para dar luego un remate perfecto. Era imposible, para que Anne definiera con tal perfección a su personaje, evitar la narración de la conocida fábula. Tony no podía responderle a su amiga: “sí, claro que la conozco, soy el escorpión”, y que ella le dijera “no, sos la rana”, porque eso dejaría afuera a miles de espectadores, los que no conocen la fábula ni saben quién fue Orson Welles ni dan positivo en la enfermedad de la cinefilia. Entonces no hay sobresalto sino aceptación plena. La escena quedó redonda.
“After Life”, con esta segunda temporada, seguramente cierre su ciclo. Las citadas series anteriores de Gervais, “The Office” y “Extras”, también tuvieron 2 temporadas de 6 capítulos breves cada una. No le hace falta estirar una historia perfecta en función de ratings y presiones de plataformas, aunque en su condición de rana deba enfrentar a tantos escorpiones.
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