Para Gala, su
nueva novela
«trata de un
período
fascinante,
sobre el que
se ha
fantaseado
mucho.E
intenta decir
la verdad a
través de
quien más
supo de él,
con pruebas
en la mano: el
secretario de
Felipe II».
Madrid - «Yo acuso a Isabel de Castilla de envenenar a su hermano Alfonso, de matar a uno de sus pretendientes para casarse con Fernando de Aragón». El descubrimiento de un manuscrito de Antonio Pérez, secretario de Felipe II, le sirve al escritor español Antonio Gala para imaginar en su nueva novela, «El pedestal de las estatuas», cómo Reyes, Iglesia y nobleza de los siglos XV y XVI participaron en siniestras conjuras y asesinatos. Cobijado en su casa de Málaga, Antonio Gala parece más desengañado que nunca. En «El pedestal de las estatuas» muestra el lado más oscuro del Siglo de Oro español. «Sé de qué está hecho el pedestal de las estatuas: de abusos, sangre, llanto y muerte unos; de soberbia, desprecios y avidez, otros; de negación a la vida, los demás», escribe en el arranque.
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Periodista: Se decía que «El pedestal de las estatuas» iba a ser su última novela, porque según unos habría dicho «no quiero repetirme», y según otros, «no me queda más tiempo».
Antonio Gala: Hablar de decisiones definitivas es tan equivocado como las interpretaciones que hacen los que las oyen malentendiéndolas. No tengo la menor idea de que ésta vaya a ser mi novela última. Sé que me gusta el teatro, y que me tienta. Que me gusta el relato. Que el último libro que publiqué fue de poemas. Y que no tengo la facultad de inventarme la vida, la mía, por mucho que pueda inventar otras. Inventar, no repetir. Que mi novelística comience con Boabdil, un vencido de quien nadie habló, y acabe con una serie de vencedores «indiscutibles» y muy publicitados, no está mal.
P.: ¿Cuál es la historia secretade su novela?
A.G.: No tiene historia secreta este libro de historias secretas. Trata de un período fascinante, sobre el que se ha fantaseado mucho. Y trata de decir la verdad a través de la boca que más supo de él, con pruebas en la mano: Antonio Pérez.
P.: ¿Por qué no es una novelahistórica sino una «historia novelesca»?
A.G.: El autor oficial de la novela, el secretario de Felipe II, Antonio Pérez, no es un novelista. No escribe su texto como literatura. Cuenta los hechos desnudos, la historia verdadera. No es una novela histórica el resultado. Lo que sucede es que lo que cuenta es a veces increíble, y siempre desconcertante, asombroso: se trata de una Historia novelesca.
P.: Capítulo a capítulo, derriba los pedestales de la historia de España, ¿qué puntos de encuentro hay entre esos siglos de oro y nuestra realidad?
A.G.: No me he propuesto encontrar diferencias o similitudes entre ayer y hoy. Lo que sí sé es que un pueblo que ignora la verdad de su propia historia no sólo está condenado a repetirla, sino que no es un pueblo. Porque éste está formado, configurado, originado y vaticinado por su propia historia: la cierta, no la inventada, no la imaginaria y laudatoria. Un pueblo está más hecho de pedestales que de estatuas. Y también más deshecho. Hay que fijarse bien antes de llamar, a lo que no nos gusta, leyenda negra.
P.:¿Se diferencian los pedestales políticos de los literarios?
A.G.: Cualquier pedestal es sospechoso. Conviene estar y andar a pie, y no quedarse inmóvil para ser venerado. El escritor ha de escribir, escribirse, darse, vivir para ofrecerse. Sin pensar en más «erecciones» que en las propias, que son también otra forma de darse. Sin pensar en que el tiempo, cuando ya no estés, te erija un monumento, cosa muy improbable. Y, mientras estés, contar sólo contigo: sin grupitos, ni clubes de presión ni familias artificiales.
P.: ¿No se parecen demasiado las «investigaciones del pecado» de Felipe II a las prohibición del tabaco, a esa preocupación pública por la virtud privada, cuando la pública escasea tanto?
A.G.: Tengo la sensación, ante esos políticos virtuosos, de que o no tienen cosa mejor que hacer (en cuyo caso, sobran) o no se les ocurre ocuparse de las virtudes públicas, que es para lo que les pagan. Que, por lo menos, se pregunten por las causas de lo que señalan. Por qué beben los jóvenes, por qué se sublevan los adolescentes. ¿Cómo se ha llegado a ese síndrome del emperador, que maltrata a su padre y ataca a sus maestros?
P.: Describe el lado oscuro de la historia, ¿cuál es la sombra que más lo sorprende?
A.G.: Hay bastantes, porque esa zona tan iluminada y adorada se conoce muy poco. Cómo influyeron constantemente los arzobispos de Toledo. Que la Beltraneja sí fue la hija de Enrique el Impotente. Que Isabel la Católica fue una asesina, envenenadora y autoconsagrada en el nombre de Dios. Que el hijito con el que su marido separaba de nuevo Aragón de Castilla, fue no suyo sino de Ignacio de Loyola. Que fue Cisneros quien lo manda quitar literalmente de en medio. Que a Felipe II no le importaba matar, pero procuraba que las víctimas se confesaran antes...
P.: ¿Qué le gustaría que el lector no olvidara?
A.G.: El interés que tiene eso de que ahora se habla tanto: la memoria histórica. No ese sí pero no de los políticos, sino la verdad última, la que condujo a un pueblo a donde está, entre falsedades, cobardías propias y ajenas, beatificaciones hipócritas que prolongan la última guerra civil.
P.: El protagonista asegura que España «no perdona nunca la diferencia» y «quiere igualarnos a todos aunque sea por abajo». ¿Es un pesimista o un hombre bien informado?
A.G.: Es simplemente un español cargado con todos los defectos que achaca a los españoles: la envidia, los celos, la ambición. Por eso su testimonio tiene un especial mérito: porque acusa a los otros, y él intenta salvarse, sabiendo que jugó sucio. Y que es más responsable porque era el mejor informado. Por eso, in articulo mortis, trata de redimirse contando lo que sabe. Y, mejor que nadie, sabe lo que es el poder: lo que mancha, lo que maltrata, la podredumbre que maneja... Y pese a todo no aspiró, en su vida, más que a tenerlo.
P.: El libro es también una reflexión sobre la felicidad y el amor, pero ¿no decían que eran temas agotados?
A.G.: Los únicos temas inagotables son esos dos: el amor, que nace y muere y nace y muere con cada corazón; y la felicidad, que es otro trastorno mental transitorio. Lo digo yo, que ya no aspiro a ninguno de los dos, aunque de ellos sin cesar hablo: sólo aspiro a la serenidad. Ése es el pedestal único desde el que me gustaría ver el mundo. Porque el amor no se dice, se hace. Lo mismo que la felicidad.
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