Uno no espera una travesura como esa de un autor consagrado como el sudafricano J.M. Coetzee, premio Nobel 2004. Debería seguir con lo que ha hecho siempre: «marcar a carne viva los dramas de la existencia». Pero J.M. Coetzee no respeta las convenciones, sigue investigando los poderes secretos de todo relato, las conexiones entre realidad y ficción. En esta magnética novela, escrita con superfección habitual, hace que el autor, travestido en una vieja escritora, discuta pirandellianamente con su personaje, y que el personaje por momentos se rebele o, por lo menos, intente rebelarse. Si el tema de la vejez recuerda a ciertos films de Ingmar Bergman, el alter ego intruso lleva por otros caminos. Le impondrá «al hombre bala» el aprendizaje de ser ahora «el hombre lento», como lo decreta descaradamente una niña, la hija de su imposible amada. Es entonces que cambian las referencias a otros autores, Coetzee es un extraordinariocrítico, pasan a ser Beckett y Cervantes. Beckettianamente, en una pareja de viejos, la mujer propone que afronten juntos el adiós a la vida. Quijotescamente, Elizabeth Costello se vuelve un Sancho Panza que reclama nuevas aventuras. A los 65 años, casi la misma edad que su personaje, Coetzee ha decidido ser un escritor absolutamente joven, capaz de plantearse las mas curiosas e inesperadas aventuras literarias.
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